Viajando por Noruega. Kirkenes.

El primer impacto al llegar a Kirkeness,  pequeña ciudad noruega fronteriza con Finlandia y Rusia, no me lo provocó el frío ( venía equipada para soportarlo) sino la pureza del aire, pureza potenciada por extensiones inmensas de nieve virgen divisadas desde el avión. Los samis, primeros pobladores de estas tierras, tenían más de cien palabras para describirla: si era apta para esquiar, su grado de densidad, de profundidad, si era antigua o nueva, si había sido pisada… Al fin,  una riqueza de lenguaje difícil de atribuir a una tribu nómada (tribu que creo, por los libros que estoy leyendo, tendría muchas lecciones que darnos… o darme, por ser más exacta).

Lo asombroso de esta ciudad (a la que en España llamaríamos pueblo ya que el número de sus habitantes no supera el de 3.300) son sus contrastes.. El mar, según las zonas y la luz, puede pasar en cuestión de segundos de ser una superficie turquesa

a ser otra muy negra cuyos hielos se fragmentan en silencio.

El ambiente puede ser hostil como lo puede ser el de una mina de hierro

o  el que despide la dureza punzante  de unos buques de guerra

o bien el que surge de la corrosión de los  barcos de pesca.

Pero  a unos pasos de la mina, de los buques de guerra, de las carcasas oxidadas de los barcos de pesca, se abre la calma de una calle nevada

la esponjosidad de las objetos que solemos considerar duros

el sosiego del cementerio frente al fiordo donde los muertos descansan en paz bajo la ligereza del manto de nieve y del balanceo de los abedules.

 

Sin embargo en Kirkeness hay una imagen donde se junta la oscuridad y la luz, lo duro y lo blando, el furor y el sosiego.  Es la de una casa edificada sobre un antiguo bunker. Una metáfora que resume el espíritu de un puñado de seres humanos que sintonizan con la naturaleza por muy inhóspita que esta se pueda mostrar.

En este lugar fuera del mundo existe una isla fantasma que aparece y desaparece entre nieblas ¿ Sueño?  ¿ Realidad? No tiene importancia. La  importancia la tiene la hermosura de su evocación y los centenares de nombres con los que se la puede venerar.