Cuervos.

 Seis meses contando, todas las tardes, los barrotes de una cama de hospital suman muchos barrotes. Emma  no recordaba cuando el coma de Juan había cesado de aturdirla para convertirse en rutina.

Su mirada, después de recorrer la masa corporal de su marido contenida bajo la sábana,  se escapaba por la ventana. Si una cosa se le daba bien a Emma era soñar. Juan se lo había reprochado a menudo y con amargura.

 Pero esto era antes del accidente. Ahora Emma  se desenvolvía  libremente entre sueños y ensueños. Una palabra, un objeto, una sombra, un soplo de aire, un olor, un color, un roce imperceptible, el todo y la nada eran puertas abiertas para evadirse de un mundo insuficiente.

Su mirada, más que nunca, extraviada y sorda, empujaba sus deseos y volaba entre bandadas de pájaros hasta alcanzar el azul que no mata.

 Los pájaros eran cuervos y Juan movía sus alas. Si deseaba continuar vivo, tenía que adaptarse a los contornos cambiantes de los sueños de su mujer. Adaptarse y controlarlos.

 

Egon Schiele. Self portrait.