Germinación.

Germination. Fréderic Jaulmes. Série “Boules de vie”.

 

El mes de agosto tocaba a su fin. Llovía. Para entretenernos jugábamos a cartas. Éramos una pandilla de adolescentes unida desde la niñez. Vestíamos vaqueros de pata de elefante, minipulls y camisas de flores. El cantante Antoine las llevaba y nosotros también. Una casita de guardeses desafectada nos servía de guarida.

 Cuando llueve y cierro los ojos aún me veo sentada sobre el chéster desvencijado. El relleno de crin se escapaba por las fisuras: olía a polvo y a bichos. Las paredes de granito formadas por bloques de piedra rezumaban humedad. El cemento se caía a trozos dejando al descubierto agujeros negros. Habíamos encendido la chimenea, el tiro no funcionaba bien. El humo daba a la habitación un aspecto borroso. Dejó de llover. Me escocían los ojos, salí afuera.

 De la  hierba emanaba vapor. Estaba inspirando a bocanadas el olor  a almizcle e incienso desprendido por el campo húmedo cuando lo vi por primera vez.

Solange, la dueña de nuestra guarida, avanzaba despacio por el camino bordeado de manzanos, intentando no resbalarse sobre el  barro. Se agarraba del brazo de un joven asiático vestido de blanco. Solange, mujer a la que admiraba por su elegancia, se me antojó vulgar.

Su acompañante andaba con desenvoltura, ajeno al barro que salpicaba sus pantalones y al viento del este que pegaba su camisa de hilo contra su tronco delgado.

Solange me hablaba, no la oía. Mis ojos no se podían despegar  de la boca, fina como una herida, del desconocido. Me tendió la mano, me quedé  adherida a ella mientras una gota de sudor se deslizaba por mi espalda.

Su mirada entró dentro de mí con la fuerza de un torrente haciendo germinar una sensación tan inusitada y salvaje que creí ahogarme. Sensación que ahora recuerdo con nostalgia y melancolía.