Pulsión.

 Photografer Hal.

 

Empujo sin ganas el carro de la compra dentro del supermercado. Atravieso la zona de cosméticos. A finales de junio los productos adelgazantes abarrotan los estantes hasta la asfixia. Rodeada de espejos, me tropiezo con mi imagen. Una mole de carne asexuada. Veinticinco años con cien kilos a la canal.

Hombres hunden sus miradas en paneles luminosos donde adolescentes filiformes ofrecen sus cuerpos con pereza distante. Pasan a mi lado como si no existiera. Maciza pero transparente.

Max ¿notas el aire impregnados de perfumes exóticos?

Cierro los ojos y soy Sheherazade en los baños del harem. Mujeres de manos suaves untan mi corazón esbelto de aceites con olor a jazmín. Para ti, Max. Solamente para ti.

Mi carro choca contra un mostrador de perfumes. Una odalisca de papel, tumbada lascivamente encima de unos cojines adamascados, me ha robado el sitio.

La vendedora no propone perfumarme. Su mirada inexpresiva me manda de un puñetazo fuera del mundo aterciopelado del deseo. Repudiada al primer vistazo.

Exactamente como lo hiciste tú, Max. Exactamente como tú.

Me voy alejando por el pasillo, un poco más gorda y un poco más sola.

El supermercado es mi territorio. Me muevo entre caribeñas felices de estar prietas en sus mallas de colores. Arrastran sus grasas con orgullo entre mostradores de bragas y sujetadores talla XL. Sus novios les pellizcan las nalgas, satisfechos de encontrar carne en abundancia. Huelen a sudor y a sexo y por un momento me siento feliz.

Me olvidé de ti.

Necesito patatas fritas, cojo unas cuantas bolsas en mi abrazo. Abrazo frío y distante. Resbaladizo y distante, Max. En casa, desgarraré las bolsas, una tras otra, con los dientes. Venciendo la presión del cierre, se deshincharán en suspiros y lameré despacio, Max, muy despacio, la superficie salada y ligeramente rugosa de tu piel. De los pies a la cabeza, tu cuerpo fibroso.

Tengo sed. Con gesto furtivo sustraigo una botella de Baileys. La beberé a sorbos largos, mezclando como una ladrona, mi sangre almibarada con el movimiento circular de tu mano derritiendo los hielos imaginarios de tu copa de whisky.

Contigo mi cabeza gira demasiado deprisa Max.

Tabletas de chocolate se alzan, turbias, ante mi. Las quiero todas derretidas a la vez, en mi boca, hasta ahogarme en sus olas de dulzura.

Hace calor. El aire acondicionado no da abasto y noto el sudor colarse en cada recoveco de mi cuerpo inmenso. Max, no te siento, no te veo, perdido en el oscuro pozo de mi deseo sin fin.

Empujo sin ganas el carro hacia las cajas registradoras.

Una columna forrada de espejo me devuelve la imagen de la masa de carne, menos compacta, más diluida. El sudor desborda por mis axilas. Mi túnica de malla acrílica marrón se pega contra mi tronco. El cansancio recorre la gelatina de mi cuerpo imprimiendo en ella un movimiento de resaca sin retorno.

Antes de llegar a las cajas, el aire congelado de la sección de helados me llena de rabia. Arraso con furia el campo estéril. Me comeré los helados por doquier. El frío me clavará su punzón de hielo entre los ojos. Acunaré mi corazón esbelto latiendo entre mis piernas, acallando con dulzura sus sollozos de carne. Max.

 

 

 

P.S  Mi relato fue publicado por la Universidad de Cantabria con otros catorce cuentos en un libro de narrativa titulado “Amores secretos” en el 2008.