Aceras.

Oleg Dou.

¡Todavía  se me desborda el corazón¡ A punto ha estado de salirse en chorros pringosos por los agujeros de mi dentadura carente de implantes ¡A estas alturas de mi vida tener que luchar contra unos ángeles de la guarda vestidos de Samur! ¡No gracias!

Ya tuve a papá y mamá y otros borregos violentos labrando mi carne a golpes en ambientes asépticos de sofás de eskay y muebles de pino auténtico con reflejos de látex.

Horarios apestosos encerrada entre rejillas de limpieza, comida, abre las piernas y calla la boca. Fregona eficaz de cien mil voltios, bragas rojas y brillantes, encaje negro y tieso, sarpullido garantizado, relamiendo como la perra que soy, las migas a mis pies caídas.

Los de amarillo, en un gran alboroto de alas, me dicen que va a helar, que vaya con ellos al albergue de Vallecas ¡No me da la gana!

-Venga, anda-  me susurra el ángel con voz melosa y gesto constipado…  por el frío supongo.

-¡A ti que te importa, que no voy!

Portazo, alas pilladas y chirriar de ruedas.

¡Para otra la camita de hierro, perdida en la fila ordenada de productos reciclables! ¡Para otra los vapores de la sopa deslavada de puerros y nabos revenidos en desinfectante!

Asqueroso recuerdo de calor, tiritando con la frente sangrando, pintando de rojo los barrotes del radiador echando chispas, las manos tatuadas de quemazos redondos, aferradas sin sentirlo al hierro en fundición.

¡Quien con medio dedo de frente quisiera ir a vivir en los suburbios infantiles y marrones viviendo en la calle Serrano!

Con comida gratis sufragada por las sobras de mis vecinos -Estamos aquí para ayudar-  dicho a distancia con los orificios nasales cerrados al máximo y la boca prieta, no vaya ser que entren moscas. Al cruzar la calle, justo frente a mi casa de cartón, hecha a medida, una tienda de delicatessen violentamente alumbrada. En mi casa nunca anochece. La oscuridad para el hoyo. Calefacción autóctona. Paredes acolchadas por las batas peludas de las abuelas del barrio amortajadas en vida y sepultadas a tres metros bajo tierra en olor a incienso  ¡Aquí os volvéis picaronas, amigas descarnadas! onduláis frenéticamente en un fervor libertario, con efluvios compartidos de excrementos macerados; agitadas, estremecidas de gozo por ráfagas de viento salvaje, por nosotras enjaulado, y esclavizado entre bamboleantes y estrechos pasadizos. Terminadas las ganas de gritar reprimidas por el bozal impuesto por el señor de la casa (chihuahua sacando brillo a lengüetazos a los zapatos ingleses del jefe con ganas de asesinarlo y cogerle el puesto): – en mi casa orden y mando, soy domador de fieras en nuestra intimidad de terciopelo, te monto cuando me apetezca y te clavo las espuelas.

Mi cama es silenciosa y mía  al ras de los adoquines recubiertos por un espeso colchón de tetra-bricks  de tintorro vacios. Antes de caer como un plomo en un sueño plano, me parto de risa  cuando veo a mis  verdugos prisioneros de sus alas de fuego, asados vuelta y vuelta, en el escaparate de la tienda de delicatessen convertida en un cine de cortinas rojas para todos los públicos.