Antípodas.

 

 

Emma  apoya sus manos sobre la corteza del roble,  la perla de su sortija captura un rayo de luz y lanza un destello entre hojas parduzcas. Emma forma un anillo con sus brazos y abraza al árbol. 

El roble almacena su historia en círculos concéntricos,  una espiral que nace en sus raíces aferradas a la corteza terrestre. Por debajo de la roca late la profundidad negra de los océanos.

En Nueva Zelanda una mujer se aferra al tronco de un árbol. La lluvia resbala sobre las hojas, sobre su sombrero, sobre las mangas de su vestido. Una gota se posa sobre la perla de su sortija y brilla dentro de ella. Toca el piano  mientras  un hombre de rodillas  acaricia una parcela de su piel desvelada por un roto de su media negra, una isla blanca del mismo tamaño que la perla de su sortija.

 Su piel hecha música se eleva en ondas por encima de las teclas de marfil, se expande  sobre los helechos arbóreos,  se cuela entre la hojarasca, empapa el humus, se infiltra en la capa rocosa, se une  a la profundidad negra de los océanos, trepa por unas raíces, se enreda en los círculos concéntricos de un roble, vibra en su corteza  y palpita dentro del deseo curvo de los brazos de Emma.

 Una racha de aire enreda el pelo de Emma y la salpica de hojas. Emma deshace su abrazo, sacude las hojas de su chaqueta, de su falda. A la altura del dobladillo, una de sus medias negras tiene un roto del tamaño de la perla de su sortija. Empieza a llover y Emma a correr.  En cada zancada  el roto se ensancha en anillas de elastina,  centro muy blanco de una diana que huye.