Amnesia.

 Angustia. Francis Bacon.

Lorenzo pisó el acelerador  las manos contraídas sobre el volante, el tronco despegado del asiento, los ojos escocidos, los párpados plisados. La lluvia ametrallaba el techo, chocaba contra la luna delantera. La condensación empañaba el parabrisas, las escobillas desgastadas lo arañaban en un  vaivén  enervante, exacerbando el dolor de cabeza, dos tuercas apretando los tímpanos.

 El parquet seguía crujiendo bajo cada pisada en los oídos al acecho, la mano temblaba al girar el picaporte  falto de 3 en 1. Un temor ridículo, teniendo en cuenta que Elena siempre había tenido un sueño plomizo. Huir sin dar explicaciones, Lorenzo había estado fantaseando con la idea durante meses y la acababa de llevar a cabo.

 Deslumbrado por los faros, un carnero se quedó quieto en mitad de la carretera.

 Lorenzo pegó un frenazo brusco, el capó se inclinó hacia abajo chocando contra el animal,  masa blanda proyectada contra el parabrisas. Bajo el impacto, el cristal estalló en partículas irregulares. El cuello de Lorenzo se dobló hacía delante, el cinturón se clavó en sus costillas mientras el air bag se hinchó con tal violencia que su pecho  quedó aprisionado.  Levantó la cabeza, sus ojos toparon con otros, saltones, fragmentados y fijos, cuajados en una masa deforme y sanguinolenta. La bestia se adueñaba del espacio chupando el aire. Lorenzo sintió como un espasmo contraía su estomago para materializarse en un grito sordo.

 Al ahogagarse su grito en la blandura de la almohada y al oler la fragancia a suavizante de la ropa de cama, Lorenzo supo que todo lo vivido había sido producto de una pesadilla. Alargó mecánicamente la mano buscando el cuerpo de Elena. La sabana estaba fría y lisa. Intentó incorporarse. La habitación daba  vueltas. Cayó desplomado sobre el suelo. El alcohol lo sumía en pozos negros donde la memoria no tenía lugar. Tengo que beber menos, articuló con esfuerzo. De su boca no salió ningún sonido, la lengua hinchada actuaba de barrera. Un sueño pesado lo dejó de nuevo inconsciente al pie de la cama.

 El ruido metálico de los volquetes del camión de la basura retumbó en su cráneo amplificando el dolor. Intentó aplacarlo cubriéndose el rostro con las manos. La luz rojiza e intermitente del cine de enfrente se colaba a través de sus dedos colocados en abanico. Maldijo de nuevo a Elena por haberlo convencido de alquilar el  piso, un primero en una calle ruidosa. Ahora se acordaba, habían vuelto a discutir violentamente por culpa de ello.

 Necesitaba despejarse, mojarse la cabeza. Después de levantarse en la semioscuridad, tropezar con la cómoda  y darse con el canto de la puerta,  Lorenzo alcanzó  el cuarto de baño y encendió la luz. Detrás de la luna de la ducha  yacía el cuerpo dislocado de Elena cubierto  de moratones. El rostro hinchado tenía un aspecto grotesco, los globos oculares salidos de sus orbitas lo observaban con expresión bovina. El mismo grito que lo había despertado de la pesadilla lo estaba devolviendo a una realidad terrorífica.

 Una manta tirada desde atrás le cubrió la cabeza amortiguando su grito y de paso la voz furibunda de Elena 

-¡Lorenzo, deja de chillar como un loco!  ¡Cuando bebes no hay quien te aguante!  ¡Calla de una vez y vete  a dormir  al sofá! ¡Ahora te toca a ti!

 Al mirarse en el espejo un grito partió en dos la cara de Lorenzo deformada por la angustia.

Don´t- Touch- Me.

Olimpia, Édouard Manet.

Diluvia. Ella, debajo del paraguas chorreante, intenta esquivar charcos, no siempre lo logra y sí no fuera por el alboroto de las bocinas, podría percibir como sus pies chapotean dentro de los zapatos empapados. Él ignora sus llamadas. Mira la acera, hace suyas las baldosas, las apila prietas en su cerebro sin dejar resquicio. Al pasar por una plaza bordeada de mimosas,  un olor dulce  se adueña de su olfato. Levanta la cabeza cercada de hormigón. La luz de una farola alumbra un entramado amarrillo y verde curvado por el peso de las flores. Extiende el brazo y arranca una rama. Pequeños pompones  esponjosos le cosquillean la piel, unas  gotas de lluvia se desprenden sobre las mejillas.

 Al llegar al dormitorio, deposita las mimosas encima del edredón, deja caer el paraguas y el bolso al suelo, se despoja de la gabardina sacudiendo los hombros, se quita los zapatos y lo deja todo amontonado al pie de la cama.  La humedad se ha ido infiltrando en su cuerpo erizando la piel.

Abre el grifo de la bañera, vierte un gel untuoso, la espuma se extiende  en aros ondulados. Enciende la mecha de una  vela redonda  contenida en un  frasco de cristal. Apaga la luz, no desea verse. Al bajar la cremallera del vestido le sobresalta el ruido metálico. Sus manos estremecidas se deshacen de la seda gris perla de la ropa interior.  

 Agradece el agua demasiado caliente. Apoya la cabeza sobre el reborde curvo de la bañera. Una capa de espuma ligera y profunda  cubre el agua. Su mente se evade, estira el momento, suspende el mundo en el vaho olfativo de la bañera. Su cuerpo se expande, bing bang insonoro en un universo de alvéolos de jabón.

Tumbada bajo el edredón, redondea el brazo alrededor de las mimosas y antes de caer en el pozo negro de un sueño artificial, huele y acaricia las flores reventonas.

Por la ventana entra la luz oscura de otro día de lluvia. Al pie de la cama una aureola de agua marrón rodea el amasijo de ropa. Las flores se han encogido hasta convertirse en diminutos puntos quebradizos.