Pesadilla.

 Los médicos me dijeron que estabas muerto, que de ti solo quedaba la envoltura. Querían desenchufarte, les pedí una prorroga, un pequeño margen para la esperanza.

 He puesto barrotes a la ventana para que no entre nadie. Me tumbaré encima de ti, te insuflaré vida poro a poro. Dejaré crecer mi pelo, con él formaré una trenza y con ella bajaré hasta los confines de tu ser. Te contaré nuestra vida, reconstruiré tu memoria, la poblaré de recuerdos. Escondidos tras unas cortinas adamascadas  seré tu Sherezade y tú mi sultán del cual mi vida depende. Sin ti no existo, eres mi perro lazarillo y yo la ciega atada con una correa. El mundo es oscuro detrás de los barrotes y tu cuerpo tan luminoso bajo la luz del tubo fluorescente. Una luz que se mueve, se extiende, fluye sobre tu cuerpo en diminutas hondas movedizas como el mar bajo la luna. Una luz carnosa, que repta, se introduce por tus ojos, tu nariz, tus oídos. Algo blanco asoma por la comisura de tus labios y se desliza en mi boca. Cruje bajo mis dientes, se reproduce en el caldo de mi saliva, anillas gelatinosas se desenroscan en mi garganta, se ensanchan, millones de ojos me escrudiñan…

  El cuerpo de Emma se tensó como un arco. Unas manos blanquecinas aplacaron con fuerza la tensión de su torso mientras otra, forrada de látex, clavaba una aguja en su muñeca. 

“The nightmare” Füssli.

 

PS. Como se acerca la Navidad y esta historia se está volviendo de lo más morbosa, he optado por continuar desarrollándola de forma privada. Espero poder escribir unos textos más acordes con estas fechas.

Intruso.

 Emma, cariño, ¿novillos, a estas alturas?, ¡no me hagas reír! Estás dormida entre sábanas con olor a frío y soledad, deja que la mortaja de mi cuerpo caliente tu lecho. Noto como tu respiración de criatura perdida se vuelve apremiante, como olfateas mi olor en la almohada. ¿Porqué empeñarte en negarlo con tal vehemencia?, te vas a lastimar la cabeza de tanto sacudirla. No intentes escurrirte como una anguila, te tengo presa en la red de tus sueños.  Acaricia mi rostro, mi frente abombada, mis párpados latientes, ¡ adórame! Recrea las yemas de tus dedos sobre mis mandíbulas, ¡no temas!, presiona tus pulgares sobre los contornos de mi boca,  mordisquéame como un cachorro, enmarca mi rostro entre el abanico de tus dedos, deslízalo sobre mi pecho… y sigue hasta moldearme de nuevo  bajo el torno de tus manos.

 La caja torácica de Juan se clavaba sobre el pecho de Emma, un agujero fétido y negro la intentaba besar mientras una garra apresaba su cuello hasta el ahogo. Unos golpes secos sacaron a Emma de su sueño. Su corazón aporreaba con violencia los confines de su garganta. El estómago anudado con la lengua, Emma tiritaba bajo un manto de sudor helado. Encendió la luz de la mesilla, una sombra la acechaba en la pared y sus fauces abiertas en el espejo de enfrente. El grito de Emma se quedó apresado entre el chirrido agudo del somier y los barrotes del cabecero que ya alcanzaban el techo

Francis Bacon.