Asesinato en Facebook.

Momias de los amantes de Teruel.

El día en el que aceptó la petición de amistad de Jessica García, nada hacía presagiar a Felipe Cantalapiedra que la chica retratada en el perfil de Facebook, iba a terminar tres meses más tarde embalsamada en su taller. ¿Pero cómo un hombre en su sano juicio hubiese podido pensar que una contable de veinticinco años de facciones anodinas iba a resultar ser la peor pesadilla de su vida?

Felipe tenía treinta años. Su madre había fallecido al dar a luz. Su padre había inculcado a su hijo único el amor a un oficio que, en la familia Cantalapiedra, se transmitía de generación en generación. Taxidermista. La conjugación del aprendizaje precoz de su profesión con la de un carácter introvertido había convertido a Felipe en un hombre solitario. Absorto por su trabajo que más que un trabajo, era su razón de ser, no se sentía en absoluto desdichado. Enganchado a Internet, se pasaba los escasos ratos de ocio chateando con su padre, jubilado en Benidorm, y navegando en la red. Sin embargo echaba de menos algún que otro ligue. Era tan tímido que al intentar entablar una conversación con una desconocida empezaba a tartamudear, las gafas se le empañaban y, delante de semejante bochorno, optaba por la retirada. Había comentado su problema a un cliente, con fama de Don Juan. – Facebook no es mal sitio para ligar y al entablar una relación virtual previa a la primera cita, te sentirás menos cohibido -. Lo había añadido a su red de contactos. El resultado no se había hecho esperar. A los pocos días le llegaba una primera petición de amistad, la de Jessica García.

Jessica, trabajaba de contable en una empresa dedicada al almacenaje de hierro. Encerrada en un cubículo adosado a la nave, se pasaba el día frente al ordenador dando la espalda a sus dos compañeras. Jessica, de carácter dominante pero sobre todo cambiante, (pasaba de la apatía a la cólera sin motivo aparente), les había caído mal desde el primer momento. Empezaron a hacer reflexiones sobre su extrema delgadez y cuando se dieron cuenta que a Jessica, le daba por arrancarse el pelo, las reflexiones se convirtieron en burla, hecho que no la afectó. Daba por hecho que el mundo estuviera en su contra. Además en cuando pudiese, dejaría de trabajar, se casaría y tendría hijos. Esa era su meta. Hasta ahora no había tenido suerte. Hacía parte de esa categoría de personas que producían rechazo. Hasta en sus padres. Hartos de sus ataques de violencia, después de pegarle varias veces a su madre, la habían puesto de patitas en la calle. Jessica, había cambiado de ciudad de inmediato. No deseaba volver a ver a sus progenitores. Ellos la habían concebido, educado ¿Que culpa tenía ella de ser la hija de unos inútiles? ¡Nadie elige su familia! Pero ella, Jessica, crearía una a su medida.

Cuando, al rastrear Facebook, vio la foto de Felipe Cantalapiedra, residente en la misma ciudad y leyó su perfil, supo que estaba cerca de lograr su objetivo. Después de unos cuantos chateos quedaron en verse en una cafetería del centro. Cuando Felipe contempló a Jessica, esperándolo de pie, al lado de la barra, se quedó de piedra. La cara de osatura ancha, correspondía al rostro de la foto, pero nada lo había preparado para recibir el impacto del cuerpo esquelético que lo sostenía. De no ser por la expresión de deseo y adulación que desprendían los ojos de esa mujer, expresión absolutamente nueva y embriagadora, Felipe se hubiera dado media vuelta y habría salido corriendo.

 

Felipe no solamente se quedó con Jessica, sino que aceptó su proposición de acompañarlo a casa, encantado de constatar que el tartamudeo no había entorpecido la incipiente conversación y que sus gafas seguían sin empañar. Durante el camino la chica no paró de hablar. Poco acostumbrado a las mujeres, aceptó como normal el tono de voz chillón. Normal, pero cargante.

Cuando entraron en el cuarto de estar, Jessica dejó escapar un gritito asustado. Decenas de ojos de cristal la escrudiñaban escondidos en los recovecos de la habitación irregularmente iluminada por la luz rojiza del sol en su ocaso. Mientras Felipe le explicaba cual era su profesión, Jessica se iba arrimando poquito a poco a su costado emitiendo de nuevo grititos, pero esta vez, admirativos. Felipe empezaba a sentirse francamente a gusto. Encendió la luz. Una fauna variopinta abarrotaba el espacio. De las paredes colgaban cabezas de jabalíes, de ciervos. Perdices, ardillas y estorninos cubrían las mesas. Lo que más le gustó a Jessica fue un periquito azul, recuerdo de la difunta madre de Felipe, y lo que menos, un zorro acechando a un gallo, obra del propio Felipe. Cuando Jessica le preguntó como realizaba su trabajo, esquivó la respuesta contestándole que lo llevaba a cabo en el sótano acondicionado para este menester.

Un oso polar, pieza clave de la colección, y obra maestra de un antepasado, adornaba el dormitorio. Situado frente a la cama, Felipe lo contemplaba todas las noches, henchido por el orgullo de pertenecer a una saga de artistas. Jessica, simulando estar asustada por la mirada fiera del oso, se abalanzó con tal ímpetu en los brazos de su anfitrión, que cayeron los dos encima del colchón. Las costillas famélicas de Jessica se incrustaron en la tripa de Felipe, unas manos que más parecían garras de ave, empezaron a desvestirle, unas piernas huesudas se enredaron alrededor de la cintura, mientras una lengua helada le lamía la cara. Las gafas se empañaron por completo cuando, el taxidermista que siempre anidaba en su cabeza le sugirió que esta pieza necesitaba demasiado relleno para salirle rentable. Felipe se deshizo del nudo corredizo de un empujón y tartamudeando. Jessica, con el vestido camisero abierto de par en par se asemejaba a un triste despojo. Mientras se abrochaba la bragueta, atribuyó sus prisas a un encargo urgente esperándole en el sótano. Jessica se despidió con un mohín, según su criterio muy sexy, (lo había ensayado numerosas veces delante del espejo), susurrando al oído de su amor…¡¡¡cariño, ha sido maravilloso!!! ¿Nos vemos mañana? Felipe esquivó el beso, eludió la cita del día siguiente y avisó que tenía la semana copada por exceso de trabajo. Se despidió con un evasivo, hasta pronto, que para él equivalía a un rotundo adiós. La mirada que le había seducido una hora antes, le daba asco. Se le antojaba fluorescente, larvas anidando en carnes descompuestas. Nos mantendremos en contacto en Facebook, fueron las últimas palabras de Jessica, amortiguadas por el espesor de la puerta.

Avanzada la noche, terminado el vaciado de una mofeta, Felipe, abrió el ordenador, navegó un rato por la red, se metió en Facebook, donde ya tenía unos cuantos contactos, la mayoría gente de su gremio o cazadores. Cual no fue su sorpresa al descubrir que Jessica había colgado en la página principal las fotos de ambos atravesadas por una flecha tirada por un Cupido con cara de cerdito y un comentario anunciando el principio de un apasionado noviazgo.

 

Y apasionante resultó ser el noviazgo. Para Jessica. Al día siguiente llegó eufórica al trabajo. La mirada perdida en la pantalla del ordenador, empezó a balancearse rítmicamente de atrás hacía delante. Con voz ida canturreaba – ayer por la tarde encontré el amor de mi vida, mi vidaaa… Sus compañeras le preguntaron con tono burlón, como podía afirmar tal cosa cuando apenas había ocurrido. Jessica volteó la silla giratoria con violencia y les contestó con las mandíbulas prietas que cuando este tipo de cosas le sucede a una, lo sabe. Se paró en seco y empezó a articular despacio y con mucho énfasis – lo de la descarga eléctrica, en mi caso, de cien mil voltios, no es una imagen, es una certeza. -¿Compartida, la descarga?- Preguntaron con sorna dos voces al unísono. Jessica, fuera de sí, agarró lo primero que encontró encima de la mesa, la grapadora, y con gesto amenazante, les chilló que la dejaran en paz. Acto seguido, se levantó de la silla y pegó un portazo. Se pasó el resto del día colgando en Facebook, declaraciones pasionales, componiendo versos, mandando corazones, besos y flores al objeto de su amor.

Muy a su pesar Felipe miraba la página de Facebook a diario como quien contempla un ente extraño. Sacudía la cabeza con gesto impotente, pensando que la mejor respuesta a esta invasión era optar por la táctica del avestruz, quizá por estar disecando una. Triste asociación de ideas, pensaba mientras tiraba las vísceras del pajarraco. Al cabo de una semana se vio avasallado por mensajes personales preguntándole si le faltaba mucho por acabar su trabajo. Absorto en la tarea de reconstruir el bicho, no les prestó atención. Jessica, enfurecida por el desprecio, estuvo a punto de estropearlo todo. Ir a su casa. El recuerdo de un ligue dado a la fuga por atosigamiento atravesó su mente. Optó por cambiar de estrategia. Este hombre sería suyo de por vida, bien podía esperar un par de semanas en volver a verlo.

Felipe iba recobrando paulatinamente la calma en su sótano forrado de azulejos blancos. Buscaba con ahínco dar al avestruz un gesto natural, devolver el lustre a las plumas, dotar a los ojos del brillo original .Y lo conseguía. Cuando observaba a sus semejantes, le asombraba como muchos de ellos tenían un aspecto mucho más mortecino que sus animales disecados.

Jessica en cambio se pasó la primera semana encerrada en casa, pisoteando con rabia las losetas del piso. 553 losetas contadas miles de veces de forma obsesiva. Cuando se equivocaba en el cálculo y sobraba o faltaba una, estrellaba contra el maldito suelo cualquier objeto a su alcance. La segunda semana la pasó arrancándose pelos de la cabeza de forma metódica. Su único alimento consistió en unas manzanas y litros y litros de agua. De pura desnutrición se le hincho la tripa. Al verse en el espejo tuvo la certeza de estar embarazada.

Sin pensárselo dos veces lleno la página de Facebook de patucos, anunciando la buena nueva. Para más seguridad mandó un mensaje a Felipe.¡¡¡¡Cariño, vas a ser papa!!!!

Cuando Felipe leyó el mensaje, no se cayó porque ya estaba sentado. Contestó de inmediato.

-Apenas nos conocemos, no pasó nada entre nosotros, así que déjame en paz y basta ya de locuras.-

-A Jessica no se le pone de patitas en la calle así como así, malnacido, y menos con tu hijo creciendo en mis entrañas – farfullaba Jessica mientras merodeaba alrededor de la casa de Felipe. La noche estaba oscura, al acercarse a la ventana iluminada del cuarto de estar, se tropezó contra las raíces de un árbol. Felipe, recostado en la butaca, oyó un crujido. Pensó que era otra vez el perro del vecino mientras tomaba su quinto whisky. La bebida había conseguido aplacar los nervios. Preso de sopor, cayó en un sueño plomizo.

 

Las pezuñas del avestruz le raspaban la cara. El eco de un grito rebotó en su cabeza. Felipe hizo un esfuerzo para abrir los párpados. Pesaban como losas. Una mancha se hacía y deshacía en la neblina de sus ojos desenfocados. Unos sonidos pegajosos se colaron por su oído precedidos por un aliento con olor a bilis. La mancha se fue convirtiendo en una calavera recubierta por un pergamino ajado a punto de estallar bajo el empuje de una osamenta afilada. Dos canicas enfebrecidas lo escrudiñaban desde lo más profundo de unos cuencos negros. Cuando Felipe logró asociar la voz del discurso incoherente a la de Jessica, supo que no estaba preso de una pesadilla etílica sino de una visión real. Pegó un brinco y empujó a Jessica con tal violencia que el cuerpo famélico se estampó contra el suelo como el de una marioneta dislocada, se incorporó de inmediato, arqueada por la ira. La sangre manaba a pequeños borbotones de un corte en el cuero cabelludo, empapando colgajos de pelo. De un manotazo arrampló con unas perdices, cuidadosamente colocadas encima de una mesa. El ruido de los pájaros estrellándose contra las losetas retumbó en el cerebro de Felipe. El polvo de las plumas desagregándose atascó su garganta. Agachó la cabeza justo a tiempo para esquivar un grupo de ardillas pegadas a unas ramas de resina. Furioso, Felipe saltó del asiento para abalanzarse sobre su obra más pesada, un zorro y una gallina unidos en una base de cemento. Tiró la carga con la destreza de un lanzador de jabalina contra la tripa usurpadora convertida en blanco. Al derrumbarse, Jessica emitió un sonido de cañería rota.

Felipe no dudó mucho a la hora de preguntarse como deshacerse del cadáver. Después de haberlo enfriado en la cámara frigorífica y puesto un rato en remojo, lo embalsamaría. Una vez terminado el trabajo, escondería la momia dentro del oso polar disecado. La costura de la panza estaba en mal estado. De todos modos, la hubiese tenido que restaurar. Mataría dos pájaros de un tiro.

El despojo de Jessica, alumbrado por focos de quirófano, yacía tumbado encima de una camilla de acero. El escalpelo brillaba listo para rasgar la piel. Un rasgado seco en el cuello seguido por un corte longitudinal hasta el monte de Venus. Dos cortes desde las ingles hasta la punta de los pies. Otros dos desde las axilas hasta las manos. El vaciado de vísceras, músculos y grasas, así como extraer el agua de los tejidos al fin de evitar cualquier amago de putrefacción, era cuestión de paciencia y buen oficio. Felipe tardó más de lo previsto en cumplir la tarea. La limpieza del cráneo resultó complicada, la piel del rostro, al ser tan fina, estuvo en varias ocasiones a punto de quebrarse. Se sintió aliviado cuando consiguió colgar el pellejo de un gancho. Tardaría un par de semanas en secar, podría construir sin agobios un esqueleto, andamio necesario para sujetar el envoltorio de Jessica.

Antes de acostarse, duchado y afeitado, examinó detenidamente al oso polar, la pieza más preciada de su colección. A pesar de estar algo deteriorado, seguía siendo una obra de arte. Tenía que dar lo mejor de sí mismo para que el contenido estuviera a la altura del continente.

Felipe, experto en anatomía y convertido en escultor, fue elaborando un delicado esqueleto de madera y alambre.

Una vez la piel rehidratada y curtida, Felipe la extendió encima de su mesa de trabajo, una mesa que su madre, costurera de profesión, usaba para labores de corte y confección. Colocado el esqueleto dentro de su funda, empezó la fase más creativa, la del relleno. Al no existir en el ámbito de la taxidermia moldes de poliuretano con contornos humanos, se vio obligado a recurrir a la técnica artesanal empleada por sus antepasados. Eligio el algodón por la suavidad de su textura. Moldeó piernas estilizadas, brazos contorneados, un vientre liso y duro, un talle fino y flexible, unos pechos para poder abarcar en las palmas de sus manos y un trasero redondeado.

Quedaba el rostro. Basándose en la foto del Facebook, fue reconstituyendo los rasgos. No pudo resistirse en acentuar los pómulos ni en redibujar una boca más pulposa. Cuando terminó el relleno, el rostro parecía otro. Le cogió tiempo decidirse por el color de los ojos. Se decantó por un cristalino verde agua orlado de negro. Confeccionó unas pestañas espesas y curvas, una melena cobriza y ondulada y se pasó horas buscando pigmentos adecuados hasta lograr una tez de Madonna renacentista.

Cuando después de días de arduo trabajo, el taxidermista contempló su obra acabada, el hombre cayó fulminado bajo los encantos de su mujer ideal.

Se pasaba horas contemplándola calentando con sus caricias la piel suave y tersa alentado por la sonrisa seductora de Jessica. Las horas se fueron convirtiendo en días, semanas y meses. Atormentado por la pasión que lo devoraba y lo enclaustraba en una vía sin salida, dejó progresivamente de comer. Bajo los efectos del ayuno tuvo una visión sobre el camino a seguir. Para dejar constancia de la metamorfosis de Jessica, después de haberla vestido con el traje de novia de su madre y haberla sentado encima de una butaca, Felipe cogió la cámara fotográfica y empezó a disparar. Colgó decenas de fotos en Facebook y anunció que, después de un breve noviazgo, tenía la alegría de hacer partícipe a sus amigos de su enlace con la bellísima señorita Jessica García.

Tres meses después de haber conocido a Jessica, Felipe la tomó en sus brazos, abrió la puerta de la cámara frigorífica y la cerró. Tumbó a su amada sobre el suelo brillante, se acurrucó a su lado prendido a su cintura y bajo una luz azulada emprendieron una eterna luna de miel.

Fin.