Intruso.

 Emma, cariño, ¿novillos, a estas alturas?, ¡no me hagas reír! Estás dormida entre sábanas con olor a frío y soledad, deja que la mortaja de mi cuerpo caliente tu lecho. Noto como tu respiración de criatura perdida se vuelve apremiante, como olfateas mi olor en la almohada. ¿Porqué empeñarte en negarlo con tal vehemencia?, te vas a lastimar la cabeza de tanto sacudirla. No intentes escurrirte como una anguila, te tengo presa en la red de tus sueños.  Acaricia mi rostro, mi frente abombada, mis párpados latientes, ¡ adórame! Recrea las yemas de tus dedos sobre mis mandíbulas, ¡no temas!, presiona tus pulgares sobre los contornos de mi boca,  mordisquéame como un cachorro, enmarca mi rostro entre el abanico de tus dedos, deslízalo sobre mi pecho… y sigue hasta moldearme de nuevo  bajo el torno de tus manos.

 La caja torácica de Juan se clavaba sobre el pecho de Emma, un agujero fétido y negro la intentaba besar mientras una garra apresaba su cuello hasta el ahogo. Unos golpes secos sacaron a Emma de su sueño. Su corazón aporreaba con violencia los confines de su garganta. El estómago anudado con la lengua, Emma tiritaba bajo un manto de sudor helado. Encendió la luz de la mesilla, una sombra la acechaba en la pared y sus fauces abiertas en el espejo de enfrente. El grito de Emma se quedó apresado entre el chirrido agudo del somier y los barrotes del cabecero que ya alcanzaban el techo

Francis Bacon.

Asesinato en Facebook.

Momias de los amantes de Teruel.

El día en el que aceptó la petición de amistad de Jessica García, nada hacía presagiar a Felipe Cantalapiedra que la chica retratada en el perfil de Facebook, iba a terminar tres meses más tarde embalsamada en su taller. ¿Pero cómo un hombre en su sano juicio hubiese podido pensar que una contable de veinticinco años de facciones anodinas iba a resultar ser la peor pesadilla de su vida?

Felipe tenía treinta años. Su madre había fallecido al dar a luz. Su padre había inculcado a su hijo único el amor a un oficio que, en la familia Cantalapiedra, se transmitía de generación en generación. Taxidermista. La conjugación del aprendizaje precoz de su profesión con la de un carácter introvertido había convertido a Felipe en un hombre solitario. Absorto por su trabajo que más que un trabajo, era su razón de ser, no se sentía en absoluto desdichado. Enganchado a Internet, se pasaba los escasos ratos de ocio chateando con su padre, jubilado en Benidorm, y navegando en la red. Sin embargo echaba de menos algún que otro ligue. Era tan tímido que al intentar entablar una conversación con una desconocida empezaba a tartamudear, las gafas se le empañaban y, delante de semejante bochorno, optaba por la retirada. Había comentado su problema a un cliente, con fama de Don Juan. – Facebook no es mal sitio para ligar y al entablar una relación virtual previa a la primera cita, te sentirás menos cohibido -. Lo había añadido a su red de contactos. El resultado no se había hecho esperar. A los pocos días le llegaba una primera petición de amistad, la de Jessica García.

Jessica, trabajaba de contable en una empresa dedicada al almacenaje de hierro. Encerrada en un cubículo adosado a la nave, se pasaba el día frente al ordenador dando la espalda a sus dos compañeras. Jessica, de carácter dominante pero sobre todo cambiante, (pasaba de la apatía a la cólera sin motivo aparente), les había caído mal desde el primer momento. Empezaron a hacer reflexiones sobre su extrema delgadez y cuando se dieron cuenta que a Jessica, le daba por arrancarse el pelo, las reflexiones se convirtieron en burla, hecho que no la afectó. Daba por hecho que el mundo estuviera en su contra. Además en cuando pudiese, dejaría de trabajar, se casaría y tendría hijos. Esa era su meta. Hasta ahora no había tenido suerte. Hacía parte de esa categoría de personas que producían rechazo. Hasta en sus padres. Hartos de sus ataques de violencia, después de pegarle varias veces a su madre, la habían puesto de patitas en la calle. Jessica, había cambiado de ciudad de inmediato. No deseaba volver a ver a sus progenitores. Ellos la habían concebido, educado ¿Que culpa tenía ella de ser la hija de unos inútiles? ¡Nadie elige su familia! Pero ella, Jessica, crearía una a su medida.

Cuando, al rastrear Facebook, vio la foto de Felipe Cantalapiedra, residente en la misma ciudad y leyó su perfil, supo que estaba cerca de lograr su objetivo. Después de unos cuantos chateos quedaron en verse en una cafetería del centro. Cuando Felipe contempló a Jessica, esperándolo de pie, al lado de la barra, se quedó de piedra. La cara de osatura ancha, correspondía al rostro de la foto, pero nada lo había preparado para recibir el impacto del cuerpo esquelético que lo sostenía. De no ser por la expresión de deseo y adulación que desprendían los ojos de esa mujer, expresión absolutamente nueva y embriagadora, Felipe se hubiera dado media vuelta y habría salido corriendo.

 

Felipe no solamente se quedó con Jessica, sino que aceptó su proposición de acompañarlo a casa, encantado de constatar que el tartamudeo no había entorpecido la incipiente conversación y que sus gafas seguían sin empañar. Durante el camino la chica no paró de hablar. Poco acostumbrado a las mujeres, aceptó como normal el tono de voz chillón. Normal, pero cargante.

Cuando entraron en el cuarto de estar, Jessica dejó escapar un gritito asustado. Decenas de ojos de cristal la escrudiñaban escondidos en los recovecos de la habitación irregularmente iluminada por la luz rojiza del sol en su ocaso. Mientras Felipe le explicaba cual era su profesión, Jessica se iba arrimando poquito a poco a su costado emitiendo de nuevo grititos, pero esta vez, admirativos. Felipe empezaba a sentirse francamente a gusto. Encendió la luz. Una fauna variopinta abarrotaba el espacio. De las paredes colgaban cabezas de jabalíes, de ciervos. Perdices, ardillas y estorninos cubrían las mesas. Lo que más le gustó a Jessica fue un periquito azul, recuerdo de la difunta madre de Felipe, y lo que menos, un zorro acechando a un gallo, obra del propio Felipe. Cuando Jessica le preguntó como realizaba su trabajo, esquivó la respuesta contestándole que lo llevaba a cabo en el sótano acondicionado para este menester.

Un oso polar, pieza clave de la colección, y obra maestra de un antepasado, adornaba el dormitorio. Situado frente a la cama, Felipe lo contemplaba todas las noches, henchido por el orgullo de pertenecer a una saga de artistas. Jessica, simulando estar asustada por la mirada fiera del oso, se abalanzó con tal ímpetu en los brazos de su anfitrión, que cayeron los dos encima del colchón. Las costillas famélicas de Jessica se incrustaron en la tripa de Felipe, unas manos que más parecían garras de ave, empezaron a desvestirle, unas piernas huesudas se enredaron alrededor de la cintura, mientras una lengua helada le lamía la cara. Las gafas se empañaron por completo cuando, el taxidermista que siempre anidaba en su cabeza le sugirió que esta pieza necesitaba demasiado relleno para salirle rentable. Felipe se deshizo del nudo corredizo de un empujón y tartamudeando. Jessica, con el vestido camisero abierto de par en par se asemejaba a un triste despojo. Mientras se abrochaba la bragueta, atribuyó sus prisas a un encargo urgente esperándole en el sótano. Jessica se despidió con un mohín, según su criterio muy sexy, (lo había ensayado numerosas veces delante del espejo), susurrando al oído de su amor…¡¡¡cariño, ha sido maravilloso!!! ¿Nos vemos mañana? Felipe esquivó el beso, eludió la cita del día siguiente y avisó que tenía la semana copada por exceso de trabajo. Se despidió con un evasivo, hasta pronto, que para él equivalía a un rotundo adiós. La mirada que le había seducido una hora antes, le daba asco. Se le antojaba fluorescente, larvas anidando en carnes descompuestas. Nos mantendremos en contacto en Facebook, fueron las últimas palabras de Jessica, amortiguadas por el espesor de la puerta.

Avanzada la noche, terminado el vaciado de una mofeta, Felipe, abrió el ordenador, navegó un rato por la red, se metió en Facebook, donde ya tenía unos cuantos contactos, la mayoría gente de su gremio o cazadores. Cual no fue su sorpresa al descubrir que Jessica había colgado en la página principal las fotos de ambos atravesadas por una flecha tirada por un Cupido con cara de cerdito y un comentario anunciando el principio de un apasionado noviazgo.

 

Y apasionante resultó ser el noviazgo. Para Jessica. Al día siguiente llegó eufórica al trabajo. La mirada perdida en la pantalla del ordenador, empezó a balancearse rítmicamente de atrás hacía delante. Con voz ida canturreaba – ayer por la tarde encontré el amor de mi vida, mi vidaaa… Sus compañeras le preguntaron con tono burlón, como podía afirmar tal cosa cuando apenas había ocurrido. Jessica volteó la silla giratoria con violencia y les contestó con las mandíbulas prietas que cuando este tipo de cosas le sucede a una, lo sabe. Se paró en seco y empezó a articular despacio y con mucho énfasis – lo de la descarga eléctrica, en mi caso, de cien mil voltios, no es una imagen, es una certeza. -¿Compartida, la descarga?- Preguntaron con sorna dos voces al unísono. Jessica, fuera de sí, agarró lo primero que encontró encima de la mesa, la grapadora, y con gesto amenazante, les chilló que la dejaran en paz. Acto seguido, se levantó de la silla y pegó un portazo. Se pasó el resto del día colgando en Facebook, declaraciones pasionales, componiendo versos, mandando corazones, besos y flores al objeto de su amor.

Muy a su pesar Felipe miraba la página de Facebook a diario como quien contempla un ente extraño. Sacudía la cabeza con gesto impotente, pensando que la mejor respuesta a esta invasión era optar por la táctica del avestruz, quizá por estar disecando una. Triste asociación de ideas, pensaba mientras tiraba las vísceras del pajarraco. Al cabo de una semana se vio avasallado por mensajes personales preguntándole si le faltaba mucho por acabar su trabajo. Absorto en la tarea de reconstruir el bicho, no les prestó atención. Jessica, enfurecida por el desprecio, estuvo a punto de estropearlo todo. Ir a su casa. El recuerdo de un ligue dado a la fuga por atosigamiento atravesó su mente. Optó por cambiar de estrategia. Este hombre sería suyo de por vida, bien podía esperar un par de semanas en volver a verlo.

Felipe iba recobrando paulatinamente la calma en su sótano forrado de azulejos blancos. Buscaba con ahínco dar al avestruz un gesto natural, devolver el lustre a las plumas, dotar a los ojos del brillo original .Y lo conseguía. Cuando observaba a sus semejantes, le asombraba como muchos de ellos tenían un aspecto mucho más mortecino que sus animales disecados.

Jessica en cambio se pasó la primera semana encerrada en casa, pisoteando con rabia las losetas del piso. 553 losetas contadas miles de veces de forma obsesiva. Cuando se equivocaba en el cálculo y sobraba o faltaba una, estrellaba contra el maldito suelo cualquier objeto a su alcance. La segunda semana la pasó arrancándose pelos de la cabeza de forma metódica. Su único alimento consistió en unas manzanas y litros y litros de agua. De pura desnutrición se le hincho la tripa. Al verse en el espejo tuvo la certeza de estar embarazada.

Sin pensárselo dos veces lleno la página de Facebook de patucos, anunciando la buena nueva. Para más seguridad mandó un mensaje a Felipe.¡¡¡¡Cariño, vas a ser papa!!!!

Cuando Felipe leyó el mensaje, no se cayó porque ya estaba sentado. Contestó de inmediato.

-Apenas nos conocemos, no pasó nada entre nosotros, así que déjame en paz y basta ya de locuras.-

-A Jessica no se le pone de patitas en la calle así como así, malnacido, y menos con tu hijo creciendo en mis entrañas – farfullaba Jessica mientras merodeaba alrededor de la casa de Felipe. La noche estaba oscura, al acercarse a la ventana iluminada del cuarto de estar, se tropezó contra las raíces de un árbol. Felipe, recostado en la butaca, oyó un crujido. Pensó que era otra vez el perro del vecino mientras tomaba su quinto whisky. La bebida había conseguido aplacar los nervios. Preso de sopor, cayó en un sueño plomizo.

 

Las pezuñas del avestruz le raspaban la cara. El eco de un grito rebotó en su cabeza. Felipe hizo un esfuerzo para abrir los párpados. Pesaban como losas. Una mancha se hacía y deshacía en la neblina de sus ojos desenfocados. Unos sonidos pegajosos se colaron por su oído precedidos por un aliento con olor a bilis. La mancha se fue convirtiendo en una calavera recubierta por un pergamino ajado a punto de estallar bajo el empuje de una osamenta afilada. Dos canicas enfebrecidas lo escrudiñaban desde lo más profundo de unos cuencos negros. Cuando Felipe logró asociar la voz del discurso incoherente a la de Jessica, supo que no estaba preso de una pesadilla etílica sino de una visión real. Pegó un brinco y empujó a Jessica con tal violencia que el cuerpo famélico se estampó contra el suelo como el de una marioneta dislocada, se incorporó de inmediato, arqueada por la ira. La sangre manaba a pequeños borbotones de un corte en el cuero cabelludo, empapando colgajos de pelo. De un manotazo arrampló con unas perdices, cuidadosamente colocadas encima de una mesa. El ruido de los pájaros estrellándose contra las losetas retumbó en el cerebro de Felipe. El polvo de las plumas desagregándose atascó su garganta. Agachó la cabeza justo a tiempo para esquivar un grupo de ardillas pegadas a unas ramas de resina. Furioso, Felipe saltó del asiento para abalanzarse sobre su obra más pesada, un zorro y una gallina unidos en una base de cemento. Tiró la carga con la destreza de un lanzador de jabalina contra la tripa usurpadora convertida en blanco. Al derrumbarse, Jessica emitió un sonido de cañería rota.

Felipe no dudó mucho a la hora de preguntarse como deshacerse del cadáver. Después de haberlo enfriado en la cámara frigorífica y puesto un rato en remojo, lo embalsamaría. Una vez terminado el trabajo, escondería la momia dentro del oso polar disecado. La costura de la panza estaba en mal estado. De todos modos, la hubiese tenido que restaurar. Mataría dos pájaros de un tiro.

El despojo de Jessica, alumbrado por focos de quirófano, yacía tumbado encima de una camilla de acero. El escalpelo brillaba listo para rasgar la piel. Un rasgado seco en el cuello seguido por un corte longitudinal hasta el monte de Venus. Dos cortes desde las ingles hasta la punta de los pies. Otros dos desde las axilas hasta las manos. El vaciado de vísceras, músculos y grasas, así como extraer el agua de los tejidos al fin de evitar cualquier amago de putrefacción, era cuestión de paciencia y buen oficio. Felipe tardó más de lo previsto en cumplir la tarea. La limpieza del cráneo resultó complicada, la piel del rostro, al ser tan fina, estuvo en varias ocasiones a punto de quebrarse. Se sintió aliviado cuando consiguió colgar el pellejo de un gancho. Tardaría un par de semanas en secar, podría construir sin agobios un esqueleto, andamio necesario para sujetar el envoltorio de Jessica.

Antes de acostarse, duchado y afeitado, examinó detenidamente al oso polar, la pieza más preciada de su colección. A pesar de estar algo deteriorado, seguía siendo una obra de arte. Tenía que dar lo mejor de sí mismo para que el contenido estuviera a la altura del continente.

Felipe, experto en anatomía y convertido en escultor, fue elaborando un delicado esqueleto de madera y alambre.

Una vez la piel rehidratada y curtida, Felipe la extendió encima de su mesa de trabajo, una mesa que su madre, costurera de profesión, usaba para labores de corte y confección. Colocado el esqueleto dentro de su funda, empezó la fase más creativa, la del relleno. Al no existir en el ámbito de la taxidermia moldes de poliuretano con contornos humanos, se vio obligado a recurrir a la técnica artesanal empleada por sus antepasados. Eligio el algodón por la suavidad de su textura. Moldeó piernas estilizadas, brazos contorneados, un vientre liso y duro, un talle fino y flexible, unos pechos para poder abarcar en las palmas de sus manos y un trasero redondeado.

Quedaba el rostro. Basándose en la foto del Facebook, fue reconstituyendo los rasgos. No pudo resistirse en acentuar los pómulos ni en redibujar una boca más pulposa. Cuando terminó el relleno, el rostro parecía otro. Le cogió tiempo decidirse por el color de los ojos. Se decantó por un cristalino verde agua orlado de negro. Confeccionó unas pestañas espesas y curvas, una melena cobriza y ondulada y se pasó horas buscando pigmentos adecuados hasta lograr una tez de Madonna renacentista.

Cuando después de días de arduo trabajo, el taxidermista contempló su obra acabada, el hombre cayó fulminado bajo los encantos de su mujer ideal.

Se pasaba horas contemplándola calentando con sus caricias la piel suave y tersa alentado por la sonrisa seductora de Jessica. Las horas se fueron convirtiendo en días, semanas y meses. Atormentado por la pasión que lo devoraba y lo enclaustraba en una vía sin salida, dejó progresivamente de comer. Bajo los efectos del ayuno tuvo una visión sobre el camino a seguir. Para dejar constancia de la metamorfosis de Jessica, después de haberla vestido con el traje de novia de su madre y haberla sentado encima de una butaca, Felipe cogió la cámara fotográfica y empezó a disparar. Colgó decenas de fotos en Facebook y anunció que, después de un breve noviazgo, tenía la alegría de hacer partícipe a sus amigos de su enlace con la bellísima señorita Jessica García.

Tres meses después de haber conocido a Jessica, Felipe la tomó en sus brazos, abrió la puerta de la cámara frigorífica y la cerró. Tumbó a su amada sobre el suelo brillante, se acurrucó a su lado prendido a su cintura y bajo una luz azulada emprendieron una eterna luna de miel.

Fin.

La trampa.

Junto a la ventana. Edward Munch.

El jeep volvió a derrapar sobre al camino helado acercándose peligrosamente al barranco que lo bordeaba. La carretera con restos de asfalto había quedado atrás, al final de la aldea, una decena de casas abandonadas, donde se empeñaba en vivir el antiguo guardabosques, un viejo sordomudo con quién Jorge  mantenía largas conversaciones. El viejo miraba fijamente sus labios, a veces meneaba la cabeza de arriba abajo, otras  emitía sonidos  soterrados y la voz  fluía, sin interferencias, en la mirada ribeteada de rojo  hasta desbordar por el agujero maloliente de la boca desdentada.

Al frenar delante del refugio de montaña, el coche patinó de nuevo. El suelo estaba muy resbaladizo. Jorge tardó en descargar las bolsas de víveres. Andaba a pasitos cortos, temiendo caerse. No tuvo que girar la llave en la cerradura, la habré dejado abierta la última vez, se dijo encogiendo los hombros. Cincuenta años no son tantos para que me falle así la memoria, reflexionó mientras pulsaba el botón del generador. Arrancó al instante con ruido de motor al ralentí. Después de abrir las dos ventanas que flanqueaban la puerta, Jorge se acercó a la estufa. Al coger unos rastrojos y unos leños  que almacenaba en un hueco de la pared, notó como una masa velluda  rozaba su mano derecha erizando la piel de inmediato. Malditos roedores, masculló, el gesto torcido por el asco mientras disponía la madera en el hogar. Tardó en arder.

 Después de colocar un cepo en la leñera, Jorge  abrió una lata de cerveza, se tumbó encima del sofá situado frente a la chimenea y al hacerlo oyó el crujido de las cervicales al apoyarlas sobre el reposabrazos. Colocado de espaldas a la entrada su mirada atravesó  sin verlos los enseres destartalados y polvorientos que llenaban el espacio. El escritorio colocado tras suyo absorbía su mente tanto como la mochila  tirada encima y su maldito contenido. El borrador aburrido de una novela negra fallida en su base, las imprecaciones despreciativas del editor, almacenadas en el móvil, acalladas por falta de cobertura. Detrás de los gritos susurraban otras voces, inaudibles en la lejanía.

Al enfocar los ojos sobre los dedos  agarrotados alrededor de la lata, Jorge notó que los tenía amoratados. Consultó el reloj. Las cinco de la tarde. Le daba tiempo dar un paseo antes del anochecer, le vendría bien estirar el esqueleto, hacer ejercicio, despejar la cabeza. Del coche cogió  las zapatillas de trecking que tenía siempre a mano. Le dió pereza volver a casa para buscar la cazadora de alta montaña. Con el calzado adecuado podría andar a paso de marcha. No pasaría frío. Salió con el chaquetón de paño que llevaba puesto.

No había nevado desde hacía tiempo. Bajo la fina capa de hielo  se transparentaba una  tierra negra y dura. Al adentrarse en el bosque de robles y abedules, la luz gélida del atardecer se colaba, movediza, entre ramas agitadas por punzadas de viento. Jorge levantó los ojos.   Fascinado por la enrevesada arquitectura  vegetal siguió andando con la cara alzada. Un clic, un dolor punzante en el tobillo, una caída brusca, un golpe en la cabeza.   
Los párpados pesaban como plomo. Después de varios intentos para salir del letargo Jorge consiguió entrever la bóveda negra de una cripta alumbrada por el foco brillante de la luna. La escena clave y no resuelta de su novela. Incorporarse le supuso un esfuerzo enorme. La frialdad de los peldaños le llenaba la espalda de coletazos. Dobló el torso rígido. Al bajar la mano, tropezó contra una lazada de metal incrustada en el tobillo hinchado. En el extremo, colgaba un pie. Intentó zafarse de la trampa, soltar el gancho. Los dedos no respondían. Los acercó torpemente a la boca. Hundió  los dientes  en una masa acartonada donde dejaron una dentellada circular manchada de sangre. No sentía ningún dolor. Un ente extraño se estaba adueñando de su cuerpo.  Extenuado, Jorge se desplomó contra el suelo quebradizo. Antes de cerrar los ojos, la boca abierta en busca de oxigeno, percibió un crujido cercano. Ladeó la cabeza. La figura agazapada del guardabosques le estaba acechando entre  matorrales.

El grito. Munch.

Los párpados pesaban plomo. Jorge recordó confusamente que la última vez que cerró los ojos, cayó en un hoyo tan vacío, inodoro y silencioso que pensó que estaba muerto. Sin embargo, notaba como el corazón bombeaba sangre a trompicones volviendo a llenar sus arterías resecas.

Al intentar mover las piernas, sin éxito por encontrarse encajonadas, un latigazo de dolor le sacudió el tobillo perforándole el cerebro. La cara le escocía de forma insoportable. Levantó con torpeza el brazo derecho, cruzado sobre el otro encima del pecho. Oyó el rasponazo de la tela del chaquetón encima de una pared irregular. Consiguió acercar la mano a la cara pero no consiguió rascarse, los dedos rígidos se quedaron en suspenso, aflorando la piel, para desplomarse, amorfos, sobre la garganta. Concentró toda su energía en abrir los ojos. Su mirada se volvió bizca al tropezar contra un tejadillo abovedado, de una oscuridad sucia, situado a medio palmo de la cabeza, quebrado a intervalos regulares por delgadas líneas de luz macilenta. Del tejadillo colgaban unos filamentos oscuros. Uno de ellos le cosquilleaba la nariz. Estornudó. El filamento cayó encima de sus labios entreabiertos. Lo apresó con la lengua. La tenía hinchada. Su paladar tardó en reconocer el sabor a madera. Al estar lleno de aristas, lo identificó como una astilla.

Al escupirla, el brazo, que todavía descansaba encima de su pecho, se le antojó una losa comprimiendo la respiración vuelta sibilante. El costado izquierdo no estaba tan pegado a la pared como el derecho. Logró amoldar el brazo en el hueco. La manga del chaquetón debía de estar rasgada, irregularidades del suelo arañaban trozos de piel. Un clic muy fuerte, a la altura de la mano, retumbó en el zulo. Levantó el brazo y al ver un cepo para ratones colgando de la yema de su dedo índice, empezó a temblar. Escorzó la cabeza hacia atrás. Le crujieron las cervicales, exactamente igual que al apoyarlas sobre el reposacabezas del sofá, cuyas patas vislumbraba entre los intersticios de la rejas donde se escurrían los ojos entornados.

Al conocer las dimensiones de la leñera, por haberla llenado de troncos, la falta de aire se hizo más acuciante. Hizo reptar el brazo izquierdo hacia su cabeza, el cepo le rozó la oreja. Sintió la frialdad del muelle enroscarse levemente en el lóbulo para soltarse de inmediato. Con el brazo, colocado en ángulo recto por encima de la calva, empezó a sacudir la reja. Bien atornillada, metió ruido de feralla pero no se movió. El aleteo de la respiración, cada vez más corta e irregular, zumbaba en los oídos alejando el bombeo sordo del corazón alocado.

La estufa debía de estar funcionando, la pared derecha desprendía fuego. El sudor resbalaba sobre la piel, empapaba la camisa, los pantalones, caía en cascada sobre los ojos cerrados. Jorge intentó concentrarse en el vendaval que sacudía las vigas del tejado, en el viento colándose en las ramas, se obligó a proyectarse fuera, a llenar sus pulmones del aire helado de la montaña.

La cabeza empezó a dar vueltas a toda velocidad produciendo arcadas. Por la nariz solo entraba un hilito de aire. Jorge abrió la boca muy redonda, como un pez en una pecera sin agua, y entonces, solamente entonces, se acordó de un agujero maloliente desde donde veía manar, complacido, las millones de palabras encerradas en sus libros, aclamadas por vehementes gestos de cabeza.

La imagen en blanco y negro del guardabosques agazapado en la sombra le agarró por el pescuezo. Del cuerpo de Jorge, sacudido por espasmos, empezó a salir un grito de terror al que solo podía poner fin la falta total de oxígeno.

PS: este texto hace parte de una serie de relatos que giran alrededor del concepto del viento, del aire. Como soy un tanto contreras me he decantado por la idea de falta de aire, que además, ¡me venía de perlas para contar esta historia! Los promotores de la iniciativa son micromios y David Silva. Encontrareis los enlaces a sus blogs en mi blogroll.

Adjunto la lista de los participantes:

http://chrieseli.wordpress.com/2010/02/04/entre-las-nubes/
http://emieatworld.wordpress.com/2010/02/05/la-edad-y-la-agricultura/
http://noentiendonada.wordpress.com/2010/02/05/dorotea-y-el-tornado/#comment-359
http://conchahuerta.wordpress.com/2010/02/09/solo-el-viento/
http://cstax.wordpress.com/2010/02/07/idiotas/
http://silvacamache.wordpress.com/2010/02/03/un-regalo-del-viento/
http://micromios.wordpress.com/2010/02/03/el-viento-y-la-furia/
http://efimero.wordpress.com/
http://cuentochino.wordpress.com/

Autoretrato. Edward Munch.

Unos pasos resonaron encima de las losetas, unos pies se inmovilizaron delante de la leñera, unas botas claveteadas empezaron a dar violentas patadas a la verja. El grito se apagó de golpe sepultado bajo la laringe de Jorge contraída por el terror. Una llave chirrió muy cerca. La reja se abrió violentamente. Unas manos le agarraron con fuerza por debajo de las ingles, lo arrastraron fuera del zulo, lo auparon encima del sofá. Las cervicales, al apoyarlas encima del reposabrazos, debieron de crujir. Un alarido de dolor rasgó el espacio borrándolo todo.

El tiempo se detuvo una vez más. Al abrir los ojos vidriosos, una luz transparente iluminaba el escritorio, la mochila abierta, y la espalda del guardabosques ligeramente encorvada encima del escritorio. Estaba sentado de costado. Su mano, agarrada a la pluma de Jorge, corría encima del borrador abierto. El tiempo discurría al ritmo de hojas ennegrecidas de tinta apilándose una encima de otra. La cabeza de Jorge se balanceaba con cadencia de metrónomo. Una melodía oculta en pliegues secretos sonaba en sordina, fricción lancinante de cantos de papel en re menor.

Un sonido áspero sacó Jorge del sopor donde se hallaba sumido. El guardabosques arrastraba la silla desde la mesa hacía el sofá. El tiempo había seguido su curso. La luz del atardecer se colaba rojiza por la ventana. Una rama retorcida golpeaba el cristal. Los dedos del guardabosques, secos como sarmientos, le apresaron el cuello, retorciéndolo, posicionando la cabeza de tal modo que la mirada de Jorge iba a morir en la boca desdentada. Los labios agrietados empezaron a esbozar movimientos coordenados. Una voz salvaje, largamente reprimida, desbordaba con violencia de aquel agujero negro. El viejo iba leyendo, folio tras folio, el borrador de la novela acabada en unas horas de manera brillante. Narraba con precisión lo que le había sucedido a Jorge en estas últimas veinticuatro horas, lo que le estaba sucediendo y lo que le iba a suceder. Ya poco importaba. Jorge no sentía nada, solamente como la vida se iba alejando a pasitos quedos.

Jorge, antes de ser empujado hacía el vacío profundo del valle donde su corazón dejaría definitivamente de latir, fue resolviendo el enigma de su vida. Cuando había comprado el refugio, veinte años atrás, huyendo de su vida de pianista fracasado, nada le hubiera hecho suponer que en la huida iba a encontrar el éxito. Después de forzar el candado de la leñera, encontró una decena de cuadernos de espiral cubiertos de polvo. Se pasó unos días leyéndolos sin descanso, absorto por la genialidad de lo que resultaron ser unas novelas. Había fracasado con la música. La literatura, aunque usurpada, le iba a traer la gloria. Jorge asistió al éxito de la primera novela en calidad de participante estupefacto. Tras cada nueva publicación se adueñaba un poco más de la obra. Conforme iban pasando los años se iba desdoblando esplendorosamente como la cola de un pavo real. Adoraba al escritor talentoso que siempre había sido y que la todopoderosa ambición materna había machacado, empeñándose en convertirlo en la pianista que no pudo ser. El azar había reparado el error.

El último cuaderno estaba sin terminar. La novela era suya. Dominaba el estilo, había disecado el mecanismo de la escritura, no tendría ningún problema en zanjarla. Al acabar la novela y releerla, Jorge no pudo más que constatar que lo que había redactado no encajaba con el resto. Dos piezas de puzle incompatibles. Lo intentó una y otra vez hasta perder la cordura y volver a su refugio en busca de paz, del silencio complacido de su viejo amigo, receptáculo de la totalidad de la obra declamada de memoria; y también de su gloria exhibida con grandes aspavientos bajo la atónita mirada bordeada de rojo ¿Atónita? ¡Como había podido estar tan ciego! La mirada siempre fue torva como lo era ahora.

Un viejo inofensivo, le había dicho el pastor que le había vendido el refugio. Había llegado a la aldea, siendo todavía mozo, para pasar una temporada. Hacía falta un guardabosques, había pedido el puesto, se lo habían concedido. Los antiguos moradores de la aldea decían que había ido perdiendo el habla y después el oído. Quizá por pasarse meses sin ver a nadie encerrado en esta cabaña y las horas muertas acechando alimañas.

Puede pasear tranquilo por donde le plazca, había insistido el pastor, créame, no se le escapa ni una.

Fin

La escalera.

 

Maurice Pittet

¡Maldita sea!, masculló Silvia, al comprobar que por mucho que apretara el interruptor, los halógenos de vestíbulo no se encendían. Se dirigió hacia el ascensor guiada por la luz incierta de una farola situada a escasa distancia de la puerta acristalada del portal. Al pulsar el botón, no se deslizaron las puertas de acero brillante. Presa de rabia, Silvia estampó las llaves contra el suelo de losetas. El ruido metálico rebotó en los recovecos del inmueble deshabitado convirtiéndose en un martilleo de ecos agudos. Era la primera vez que se iba la corriente desde que Antonio y ella se habían ido a vivir al ático, en el mes de septiembre. Y también la primera vez que Antonio no dormía en casa por hallarse de viaje. Silvia queriendo apaciguar el sentimiento de ausencia, sacó el móvil del bolsillo y marcó el nombre de su compañero. Una voz cálida le contesto al momento y al siguiente enmudecía, a falta de batería. Silvia maldijo su mente olvidadiza con voz chillona. Las paredes le devolvieron un alarido. Trastornada, convirtió sus imprecaciones en un soliloquio murmurado : mira Antonio, ya te dije que no querría trasladarme aquí, que me daba igual que fuera una ganga, que vivir en un edificio vacío, en medio de unas obras sin acabar, ¡maldito pocero!, no es vida. ¡Silvia, que el piso es una maravilla, 150 metros rodeados de terrazas! Sí, con vistas a una escombrera. Mujer ya verás, en cuanto pase la crisis, volverán a construir, tendremos vecinos. ¡Puede, pero de momento solamente tenemos al portero!… Silvia, pero si es muy amable y servicial. Antonio, servicial no es la palabra, la palabra es… es, escurridizo, empalagoso hasta la nausea. Y cuando abre la boca, apesta. Dices halitosis y yo digo rata. Sí señor, rata, y además podrida. ¿Sabes qué Antonio?, voy a coger las llaves, voy a respirar hondo, voy a iniciar la escalada, voy a llegar a casa en un tiempo record y mañana hablaremos. Envalentonada Silvia subió el primer tramo de escaleras a paso de carga guiada por las luces verdes de emergencia. En el rellano se paró para recobrar aliento. Silvia, al vivir en el quinto y último piso, había cogido siempre el ascensor, por lo tanto se encontraba en territorio desconocido. El espacio estaba bañado por una luz azulada proveniente de una ventana situada frente a la escalera y al hueco del ascensor. En cada lateral, dos puertas de contrachapado. Silvia, al pensar en los espacios vacios que la rodeaban se subió el cuello del abrigo. Al oír unos arañazos detrás de una de las puertas, Silvia se quedo paralizada, deslumbrada por un flash portentoso: allí vivía el portero. Nunca había mencionado tener un perro y Silvia jamás lo había visto, ni oído un ladrido…de repente rememoró el olor aborrecido. Silvia empujada por sus músculos tiesos como fustes, empezó a subir el segundo tramo, convirtiendo la línea quebrada de los peldaños en una línea continua subida al galope. Al llegar al cuarto piso sus pies tropezaron contra el último escalón. Su cuerpo exhausto chocó sobre el suelo helado. El corazón, comprimido entre el diafragma tenso y las costillas encogidas bombeaba duramente en las sienes. Silvia husmeó el ambiente. Olía a escayola húmeda y a frío. Ni rastro de podredumbre. Al ponerse de pie, agarrándose al poyete de la ventana, notó dolor en el tobillo izquierdo. Afuera unas hileras de farolas alumbraban calles bordeadas de solares cubiertos de basura donde grúas se perfilaban sobre un cielo sucio cargado de lluvia. Las gotas, al caer sobre los andamios que todavía rodeaban la casa, metían ruido de metralla. Silvia, aferrada a la barandilla, emprendió el último tramo. El pie se le hinchaba por momentos. El desamparo y el miedo habían limado sus fuerzas. Resoplaba como un batracio a falta de oxigeno. Al llegar a su rellano, donde solamente había una puerta, la suya, ninguna ventana, pero sí un espejo, volvió a chillar al adivinar una figura agazapada en la oscuridad verdosa. Tardó unos largos segundos en darse cuenta que la amenaza encorvada y deforme era su propio reflejo. Después de varios intentos consiguió meter la llave en la cerradura. En la penumbra del piso Silvia empleo sus últimas energías en bloquear la puerta con el cerrojo. A pesar del ruido emitido por la lluvia al golpear el tejado, Silvia empezó a recobrar cierta serenidad y de no ser porque unas garras pringosas se clavaron en su cintura mientras un aliento fétido corroía su cuello, Silvia se hubiera dejado caer en posición fetal sobre la mullida alfombra blanca.