Pequeñas infamias, o la vida íntima de una ciudadana llamada X (3), dando por supuesto que X es intercambiable y de sexo variable.

 

Robert Doisneau.. Les amoureux.

Cariño, si no te quisiera tanto, tomaría como una afrenta que me dejes  tirada el día de San Valentín, dice X al llevarse la taza de té a la boca. Querida, ya sabes que mañana tengo un congreso a primera hora en Washington, le contesta su marido al abrocharse el último botón del abrigo y, como bien sabes, entre Madrid y Washington media un océano, azul marino casi negro,  cuando lo contemplas a diez mil metros de altura. Un color precioso, me dijiste una vez, la frente apoyada contra la ventanilla, prosigue mientras se acerca para despedirse. En efecto, contesta X lacónica  (no se acuerda en absoluto haber dicho nada semejante). X alza el rostro hacia la cara de su marido esperando el beso de rigor. Los labios del marido de X rozan su mejilla, la mano del marido de X despega la suya, aferrada al asa de la taza, y deposita en su palma una cajita de piel labrada en oro. Para ti, amor, para que recuerdes siempre este color celestial. Tan cursi como siempre piensa X mientras aprieta el cierre dorado. Un anillo de rubíes resplandece sobre un cojín de terciopelo negro. La mejilla del marido de X, pegada a la suya, desprende de repente un calor inusitado. Te había comprado un zafiro, no lo entiendo balbucea, ha habido un error, en cuanto vuelva lo iré a cam…,¡que dices querido!, este rubí es una maravilla, eres, eres… X agarra a su marido de las solapas, obligándole a sentarse a su lado en el sofá. Enlaza sus brazos alrededor del cuello, acerca su boca a la de su generoso marido y le propina un beso de lo más tórrido. El marido de X, turbado, demora su viaje. Media hora más tarde,  después de abrocharse  todo lo que le habían desabrochado, llama al ascensor, con  pelo alborotado y sonrisa beata. Al abrirse las puertas y empuñar la maleta, le embarga una  duda. Desliza la mano en el bolsillo del abrigo y suspira aliviado. La  otra cajita de piel, idéntica a la regalada a X, sigue en su lugar a pesar de tanto ajetreo. Jackie siente debilidad por los rubíes, se tendrá que conformar con un zafiro. Azul marino casi negro, sonríe al recordar el agradable escarceo.

El té se ha quedado frío,  X lo termina mientras hojea lánguidamente el periódico. Se detiene en la página de sucesos y al leer que un hombre descuartizó a su mujer con herramientas de jardín y afirma tajante que será muy difícil que encuentren su cabeza,  y que otro, al intentar matar a su parienta a cuchilladas, se desmayó al ver la sangre, X mira su anillo, la docena de rosas rojas, una por cada año de matrimonio, y piensa que, verdaderamente, no podría existir un color más acertado para simbolizar  San Valentín que el rojo oscuro.

 El sonido de las campanadas la sobresalta. Las cuenta ¡Suman doce! Se despereza de golpe. A la una ha quedado con su profesor de golf en el Club de campo, va a llegar tarde. X está contrariada, adora jugar al golf, está empeñada en mejorar su hándicap. Es adicta confesa. De hecho en su perfil de FacebooK  figura una única frase: Me encanta jugar al golf. Toda una declaración de principios. Una filosofía de vida, rectificaría su marido. Mientras se ducha y jabona con delicadeza su cuerpo de cuarentona aventajada, se le escapa un suspiro pensando en su atlético profesor. Jugando al golf no tiene parangón. En la cama,  tiene, al fin,  tiene…el suspiro de X se pierde en profundos laberintos.

Al abrir la puerta del apartamento, se abre de forma coordinada la puerta del piso de enfrente. El hijo de los vecinos, un chaval de unos dieciocho años, un morenazo atractivo, aunque algo tímido, la saluda y entra con ella en el ascensor. Oye X, perdona que te moleste pero mis padres están de viaje, tengo un examen de derecho mercantil esta semana, no me entero de nada y me estaba preguntando, ya que has hecho la carrera de derecho, si me pudieras echar una mano. X, que había sacado la carrera a base de chuletas  y sabía de leyes lo mismo que una niña de primaria, iba a negarse cuando notó como la mirada del vecinito se clavaba en su escote con tal intensidad que se sintió desfallecer ¿El martes por la tarde, te vale?,  antes me es imposible. De hecho X tenía un compromiso, todos los lunes, al cual no hubiera fallado por nada del mundo. Una cita con un artista de lo más divertido que tenía la costumbre de fotografiarla bajo todos los ángulos, absolutamente todos,  maestro avezado en la complicada ciencia del kamasutra.  Pásate a cualquier hora, no salgo de casa por eso de los exámenes, farfulló el jovencito, rojo como un tomate al abrirle la puerta del ascensor.

Al salir a la calle  X se cruza con una pareja joven tiernamente enlazada. Su corazón se contrae un momento, añorando una sensación…olvidada, así es, olvidada por completo ¡Menuda bobada! ¡Viva el menage à trois! ¡À trois, no, à quatre, à cinq…!  San Valentín, San Valentín, canturrea mientras esboza un paso de baile, libre y volátil como pétalos  arrancados por el viento.