Elucubraciones veraniegas. 13/07/2010.

De: Anne

Para: Ti

Enviado: 13 de julio de 2010

Asunto: No sé si las vacaciones me sientan bien.

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¡Me ha pasado una cosa increíble!  No fue nada y sin embargo lo fue todo, el universo en la palma de la mano sin medida de tiempo. Un destello que no logro entender. Ahora te cuento.

 Ayer por la tarde me estaba dirigiendo al centro del pueblo  en bici. En vez de ir por la carretera, donde el sol pegaba fuerte,  opté por coger un atajo que atraviesa un pequeño valle muy frondoso. Creo habertelo mencionado alguna vez por haber sido el escenario predilecto de mis juegos infantiles. Me adentré en él por el camino de tierra que lo atraviesa. Lo bordea un riachuelo que, debido a irregularidades del terreno, cae en pequeñas cascadas. Pedaleaba sin prestar atención a lo que me rodeaba, con la cabeza en otro lugar: memorizando la lista de recados  que tenía que hacer, ir a la fontanería, comprar sulfato para los manzanos, encargar verduras a Lucette… Al  cambiar de marcha noté como la cadena no engranaba y se bloqueaba la rueda trasera. Acto seguido  me caí entre los helechos que crecen en las orillas del arroyo. Estaba incorporándome cuando  empezaron a sonar  las campanas de la iglesia.

Retumbaron dentro de mí con violencia

Todo vibra, se entrechoca. La humedad del musgo empapa mis sentidos. Engarzado entre ramas, el sol dibuja redondeles de luz movedizos. Alveolos esponjosos colonizan  mis poros, mi cuerpo huele a clorofila. Raíces subterráneas perforan estratos de roca. Tallos se enredan en la turba de mi vientre. Hojas de helechos cosquillean la dermis, pujando para salir.

La voz de mis padres me llega subterránea, no los puedo oír, absorta en el sonido cristalino del río. Un caracol  ha dejado un rastro brillante entre los hoyuelos de mis manos. Mi vestidito de nidos de abeja está desgarrado, lleno de barro. Estoy descalza. Unas hormigas avanzan en fila india dentro de una de mis zapatillas de tela roja. Un rojo muy bonito para un barco. Me agacho para echar al agua la embarcación y su tripulación. Flota, se lo lleva la corriente, gira sin control en los remolinos, desaparece tras unas cataratas. Pienso que va a llegar hasta el mar. Me meto dentro de la zapatilla con las hormigas. Son mis grumetes y yo el capitán. Vencemos tempestades, nos atacan piratas, trabamos amistad con Robinson, se viene con nosotras y desembarcamos en la isla del tesoro. Encontramos el mapa, andamos en la selva durante semanas, descubrimos una pista, estamos tan cerca que quema.  A lo lejos suenan unas campanas. La niña cuenta las campanadas: uno, dos, tres… hasta siete. Es tarde, que pena da dejar un tesoro a punto de ser descubierto, piensa la niña mientras se calza la zapatilla que le queda.

Al apagarse el eco de la última campanada  solo se oía el rumor del agua. La aguja de mi reloj marcaba las siete un poco pasadas. Al levantarme y sacudir las hierbas prendidas en la tela de mis vaqueros, me fije en una cueva oscura y misteriosa emplazada  en la otra orilla. Unos rayos de sol se colaron entre las ramas de un avellano otorgando al riachuelo un tono plateado y colmando de destellos de mica la cueva del tesoro.

 PS: ¡Como habrás podido comprobar las vacaciones no me sientan nada, pero, nada bien!

 Un abrazo,

Anne