Spider.

Spider. Louise Bourgeois.

No pensar. Correr, nada más. Inspirar el aire fresco de la mañana y expirar el ambiente del estudio saturado de toxinas.

¿Toxinas? ¡Rebobina! Toxinas en el estudio, ¡ni una! Asepsia total. Precintado a cal y canto, el estudio. Concéntrate en no perder el ritmo, escucha el ruido de las zapatillas pisando el camino, inspira de nuevo, imprégnate de savia, de vida, de algo.

El sudor resbala sobre tu frente, tus ojos, tu nariz, se cuela en las fosas nasales. Escuece. De nuevo esta opresión en el pecho. Stress, te dijo tu hermano médico, stress, te dijo con voz compasiva y palmadita en el hombro, palmadita que rechazaste.

El aire fluye con dificultad. Ralentizas el ritmo, te sientes desorientado. Te caes de bruces al lado de un estanque. No consigues enfocar la mirada en el caleidoscopio. Gíralo despacio. Concéntrate en un detalle. Acercas el brazo cerca de tus ojos, distingues un ejército de patas negras, finas y blandas. Te recorre un escalofrío. Ahora las patas están erguidas, listas para el asalto. Sabes que es una pesadilla, siempre te acompañó, quieres salir de ella. Reptas un poco dejando tu surco. Sumerges la cabeza en el agua. Miras la superficie ondulante. El Palacio de Cristal se refleja rosado encima del lago. Te ubicas, el Retiro, el paseo de siempre. El ejército se difumina. Te tropiezas con tu rostro, sin afeitar, ojeroso, demacrado, opaco de lodo. Te asustas y te ubicas de nuevo, lejos del reflejo sonrosado, enredado en deudas y pleitos de arquitecto reconvertido en constructor poco escrupuloso.

Desenredas brazos y piernas. Das marcha atrás a gatas, te giras, te pones de cuclillas y de pie por etapas. La presión en el pecho se acrecienta, se apodera de tus hombros aplastándote. Andas despacio hasta el banco más próximo. Te desmoronas encima. Las tablillas crujen. Te gustaría llamar a tu hermano, al 112, no puedes. No llevas ni móvil, ni cartera, ni llaves. Solamente la ropa. Echas una mirada a tus zapatillas, están para tirar, igual que la camiseta y el pantalón.
Se acerca una viejecita paseando su perro, el perro se para, la viejecita atada a la correa también. Gritas- ayúdeme- Te mira de lejos, encoge los hombros, recoge con cuidado los excrementos de su perro. Ya fuera de tu campo de visión supones que se ha marchado.

El dolor se agudiza, intentas reprimir un vómito, no puedes. Agotado cierras los ojos. Hueles las deyecciones de hiel que pringan tu camiseta. Bajo la losa que oprime tu pecho y apenas deja fluir aire, oyes pisadas algodonosas, distingues insultos, tus dientes castañean y los parten en pedazos.

Lo que ya no sabes es que media hora más tarde, un par de guardias a caballo, avisados por una pareja indignada por la visión de un drogadicto desparramado encima de un banco, te encontraran muerto la cabeza vuelta hacia el respaldo cubierto de telarañas.