Partículas elementales.

Roberto Matta Echaurren.

El piso olía a cerrado. Por las persianas, todavía sin abrir, se colaban pálidos redondeles de luz, pequeñas antorchas, que,  al desafiar la pesadez del aire estancado, ponían en relieve parcelas verdosas de la tela del sofá donde estaba tumbada, danzaban sobre la blancura de mi vestido arrugado por el viaje, y otorgaban brillo a las uñas de mis manos.

Mis ojos vagaban sobre el contorno impreciso de los muebles, intentando volver a captar su densidad, su ubicación exacta en un espacio voluntariamente olvidado durante un par de meses.

De la calle subían, apenas amortiguados  por los cinco pisos de altura, la resonancia espesa y a menudo chillona de los vehículos que transitaban por la calle después del letargo veraniego, resonancia  que tenía que volver a incorporar a mis sentidos para reintegrarme de pleno en mi realidad urbana.

No sé si me quedé dormida o en un estado de duerme vela, pero el hecho es que cuando volví a tomar consciencia de donde estaba, el sol se encontraba a la altura de las ventanas y se colaba por los miles de agujeritos que dejan cinco persianas en estado vetusto.

El aire que me rodeaba, los muebles, las maletas, mi cuerpo, se habían desintegrado en partículas en perpetuo movimiento. Mi casa me pertenecía de nuevo, del mismo modo que yo era parte integrante de ella.

 Sin embargo oía la sonoridad de mis pies retumbando sobre el sendero del valle de mi pueblo, el murmullo imperceptible de una hoja cayendo a cámara lenta sin tocar nunca el suelo  empujada por la música del viento, viento que a su vez hinchaba las olas y me colocaba en el centro de uno de sus tubos que me centrifugaba, me robaba el aliento, atrapaba la fugacidad de un instante azul en pleno corazón, y me obligaba a jadear en busca de oxigeno al salir de la turbulencia, los pelos en la cara, los ojos en la nuca, jadeo que se hizo más potente al subir corriendo una cuesta del sendero. El corazón me latía en la boca, golpeaba mis sienes, mi nariz llenaba mi  cerebro de clorofila y lo coloreaba  del verde de la cascara de la castaña que acababa de aplastar la suela de mi zapatilla, mientras la castaña rebotaba delante de mis ojos, tan reluciente como los cantos rodados que me rozaron  en el centro de la ola.

Al llegar en lo alto del sendero, me paré un instante.

Ráfagas de luz serpenteaban por el cuarto de estar, intenté apresarlas como intenté toda mi vida atrapar las truchas que saltan por el arroyo, luces plateadas imposibles de retener en el cuenco de las manos. El riachuelo que bordeaba mi camino estaba crecido, estallaba contra los escollos, me arrodillé en su orilla, hundí mis manos en sus aguas y su frescor erizó unas partículas que brillaban bajo la oscuridad del follaje donde redondeles de sol se abrían paso de una manera irregular y fluctuante, partículas, que, a pesar de bailar alrededor de mi cuerpo debían de ser parte integrante de él, por lo mucho que las sentía, por su latido robado a la mudez patosa de mi corazón.

El sol cayó bruscamente, llevándose esta parte de mí, que solo mis ojos podían percibir.

Mi maleta  aguarda el próximo verano en la oscuridad opaca y densa de un trastero sin ventanas,  la luz se cuela por las persianas que acostumbro cerrar cuando aprieta el calor, luz que me insta a desintegrarme con urgencia en partículas invisibles,  elementales y  mías mientras estoy escribiendo estas líneas.