Carmen. Siempre viva.

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Hace veinte años, delante del azote del sida y la falta de personal, un amigo médico me pidió un poco de ayuda. Dedicar un par de tardes a la semana a sus enfermos, moribundos solitarios. Un día soleado de  principios de octubre, empecé mis visitas al hospital. Después de  escuchar las instrucciones de la psicóloga que llevaba a los enfermos de sida, me dirigí a la última planta.

Tuve que arquearme para empujar la puerta que los escondía.

El olor a desinfectante encharcó mis pulmones, la blancura de las paredes y del suelo rebosaban lejía. Los ojos picaban, la garganta escocía.

Al entrar en la habitación de Enrique el olor a descomposición se quedó agazapado en mi garganta.

Su esqueleto tiritaba bajo la sábana blanca con el logo del hospital. Venciendo la repulsión que me inspiraba, me senté a su lado encima de una silla de hierro. Al apoyarme contra el respaldo los barrotes se clavaron en mi espalda con igual intensidad que las cuencas negras que devoraban mi rostro.

Una garra se aferró a mi mano y  Enrique me empezó a contar, con voz renqueante, la dureza de la muerte cuando uno había tenido una vida llena y feliz.

La psicóloga me había avisado que  los enfermos, confrontados a  un final solitario por abandono colectivo, solían negar el horror de su existencia, creándose una realidad paralela  más llevadera.

Al cabo de cinco minutos, el yaciente se quedó sin aliento ni recursos para proseguir el relato de su vida. Le tomé el relevo. Conforme le iba describiendo los arrumacos de su madre, la paella de los domingos a la sombra de una chopera, el orgullo de su padre cuando traía buenas notas, veía como la sombra iba tomando corporalidad. Cuando llegamos a los partidos de fútbol, jugados con hermanos y amigos del pueblo, nos enderezamos  para aspirar con una sonrisa el olor a heno que impregnaba el cuarto.

Enrique murió con la llegada de los primeros fríos. Me asignaron otra enferma.

Cuando empujé la puerta de su habitación, olía a limpio.

Una muchacha gitana apoyaba su osatura contra las almohadas. A pesar de la opacidad del pelo, de la tez apagada, su rostro era de una belleza conmovedora. Al verme entrar me sonrío iluminándome por dentro. Se llamaba Carmen. Me dio la mano y me quedé prisionera de sus dedos huesudos y suaves. Con voz débil y pausada me empezó a contar su vida. Su infancia en una chabola, su madre en fuga y su padre desconocido.  La cuidaban los abuelos. Al morir la abuela, se quedaron solos el abuelo y ella.

Paró de hablar largo rato para tomar aliento. Cerró los ojos.

Sentí su mano febril aferrarse a la mía. Acerqué el oído a su boca y entre susurros me contó las noches pasadas en la cama del abuelo. Tenía seis años. Las cosquillas risueñas recorriendo su cuerpo de niña, y, de repente, una pinza de hierro abriéndose paso con violencia en su agujerito secreto.  Cuando le rasgó el sexo, le tapó la boca con la mano. Su grito de dolor se ahogó en la mugre.

Dejó de comer, se quedaba todo el día tumbada, inerte, con las piernas abiertas. El abuelo había tapiado con cartones la única abertura. Oía el deambular de las ratas hurgando en la basura y la metralla de la lluvia contra las chapas de zinc. Con las yemas de los dedos tocaba su sangre resquebrada impregnada en el colchón.

Faltaba dinero. Su mente, ayudada por la droga inyectada por el abuelo, se fugaba a años luz de su cuerpo torturado por hombres sin cara.

Carmen dejó de susurrar, agotada por el esfuerzo. Mi cabeza vacía se llenó de colores atronadores.

 

La Carmen del hospital tenía catorce años. Sobrevivió dos meses más. Deseaba oír el relato de mi vida. Deseaba un cuento de hadas. No hubiese sido honesto mentirle. Le leí Madame Bovary. Carmen lo entendió.

 

Una mañana me regaló una rosa blanca con una sonrisa llena de cariño. Murió mucho antes que Emma.