El cielo en un charco.

 

Al sacar el viernes pasado mi ordenador de su funda y al constatar que el cable de alimentación se había quedado  en Madrid, me sobrecogió un sentimiento de rabia tan denso que estuve a punto de tirar la caja al suelo. La pantalla negra había enfriado la habitación. Al mirar por la ventana el campo normando anegado por el agua, la rabia se convirtió en un desasosiego de mar y cielo de plomo, de prados lacios rayados de lluvia. Prefiero omitir la penosa descripción de las horas consecutivas a la falta repentina de un objeto, del cual, me doy cuenta ahora, soy adicta severa.

Después de una noche enredada en  pesadillas, al entrar en el cuarto de baño, reprimí un chillido al ver una imagen de orbitas negruzcas y tez macilenta agazapada en el espejo. Sacudida por el pánico recogí febrilmente la ropa diseminada por el suelo decidida a librarme cuanto antes de las garras de la que no podía ser más que mi inverso. Calzada con botas de goma, protegida del chaparrón por un chubasquero, me dispuse a ir hacia un cabo embrujado y salvaje, único lugar capaz de aplacar mi pena. Al adentrarme en  un camino socavado, un hombre escondido entre los pliegues de una capa  negra, la cabeza oculta bajo un sombrero de ala ancha, surgió de un macizo de zarzas enmarañadas, uniéndose, silencioso, a mi paseo.  Después de una caminata laboriosa, en medio de la landa dura y vacía,  llegamos al pie del promontorio. Unos chopos de Holanda desarraigados por un corrimiento de tierra cortaban el paso.

Noté como el ala de un sombrero rozaba mi pelo, como un mostachón mojado escocía mi mejilla y como un aliento frío se colaba por mi oído escurriendo palabras sibilantes:

La manera más segura de sentir una cosa es sufrir por ella.

 Al entornar la cabeza para chillarle a mi compañero de viaje que se metiera en sus asuntos, solo entreví un brazo agitándose entre zarzas sacudidas por el viento.

No sé cuanto tiempo estuve intentando escalar el amalgama de hojas negras, de raíces y ramas pringosas de barro. Solo recuerdo el chillido desgarrado de un perro, el olor amargo a lodo descompuesto, la lluvia de vidrio. Cuando me dí por vencida, estaba tiritando, cubierta de arañazos, los músculos hechos piedra.

 Al llegar a casa, un rayo de sol asomó entre nubes reventonas de agua, iluminando una charca oscura.  Una pulsión animal de placer y plenitud, que acostumbraba  alcanzar en lo alto de un promontorio dominando un mar abierto a 180º, inundó mis sentidos, rompiendo los cables que me ahorcaban .

 Ahora, después de un alejamiento, tan forzoso como indeseado, tecleo, con gusto infinito, estas líneas que se imprimen  sobre mi pantalla  iluminada de nuevo por el objeto de mi sufrimiento. Sencillo cable de alimentación o cordón umbilical, dependiendo del momento o quizás de la ausencia.

PS: La frase pronunciada por el personaje de la capa es una cita de Flaubert.