Prisas y sueños.

Ópalo de pureza. Jose Carlos Cataño.

Madrid-Barajas. Terminal 2. Once y diez. El avión sale dentro de media hora. No ando. Corro. La maleta se tambalea. Sacó la tarjeta de embarque. Me quito los zapatos, el reloj. Los pongo con mi bolso en una bandeja. La deposito junto a la maleta encima de la cinta. Paso por el arco, no suena. Recojo mis pertenencias. Me pongo los zapatos, el reloj. Empuño el bolso y la maleta. Puerta E76.  Embarco en el último momento. El corazón bombea en mis oídos. Asiento 11A.  Mi bolso roza la calva del 11C. Mirada furibunda. Me excuso. Me siento. Me abrocho el cinturón. La señora del 11B crispa una mano encima de mi reposabrazos. “Tripulación de cabina preparada para el despegue”. Los motores suben a su máxima potencia. Un niño llora. El avión rueda sobre la pista. Despega.

Se eleva.

Atraviesa un banco de nubes. La frente apoyada contra la ventanilla, el tiempo se detiene. Los ruidos se amortiguan, las nubes van cediendo paso a un azul sin sombras. El sol en huelga de otoño se cuela por el escote de mi blusa iluminando mi piel de prismas dorados. En el fondo de un escenario vertical un rostro  enmarcado por dos trenzas rubias se alza hacía una vidriera. En las grietas negras del marco anida el moho de la rutina. El iris  azul y poroso de nuestros ojos hace añico el entramado de plomo de la ventana. La geometría imparable de las horas estalla reconvertida en aureolas violetas de vuelo ascendente y curvo. La piel translúcida de la niña ronronea adherida a mi pecho. Llevadas por el calor de los alisios almacenamos en la caja negra, la frialdad de la piedra, el eco  de una voz, la rigidez de una sábana almidonada, el sonido agrio de la campana, la estrechez del espacio. Sellamos la tapa de las incidencias dispuestas a soñar en el centro inexacto de un momento esquivo y malva.