A mi padre. 14 de noviembre.

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Me dejaste en la orilla,

prisionera de tu crisálida.

A medio camino de la luna,

me legaste alas negras

sin referencias ni estrellas.

Me quemé a lo bonzo

sobre mil incandescencias,

pálidos reflejos de tu mirada,

tan viva,

tan chispeante,

cadena perpetua

donde me consumo,

y, donde cada mañana,

resucito.