Detrás de los barrotes.

 Los tubos que unían su marido a la vida ataban férreamente a Emma a la cama del hospital. Una tarde tuvo ganas de hacer novillos.

 El vacio retumbaba en la ciudad despojada de sus habitantes por un largo puente. El cielo plomizo y bajo pesaba sobre los hombros. La nieve caída durante la noche estaba empezando a derretirse convirtiendo la acera en una película de barro. Todos los chicles que Juan había masticado para dejar de fumar estaban pegados al suelo, redondeles grises señalando el camino. Las sombras cuadriculadas  de los edificios cerraban el espacio donde el viento se colaba sibilante  entre estructuras de aluminio.

 Un hombre limpiaba unos cristales. Cuando hundió la mano en el cubo para mojar la bayeta, el agua sucia se derramó por los bordes. El  remolino atrapó la mirada de Emma aspirándola en su centro bordeado de fideos grises.

Asustada por las garras huesudas que colgaban de los árboles desnudos Emma empezó a rozar las paredes. Su rugosidad se infiltraba a través del abrigo raspándole la piel. Del agujero negro de un portal, una mano azulada surgió pidiendo limosna. Los bozales metálicos de las tiendas convirtieron el grito de Emma en un eco frio rebotado en su garganta.

 Emma empezó a correr.

Al pasar al lado de un contenedor y ver como yacía en él un colchón con los muelles colgando, Emma deseó convertirse en el montón de cascotes que lo rodeaba, desguazada y fuera de servicio.

Detrás de los barrotes la estrecha línea de la boca de Juan se volvió más acerada.

Asiatic Company. Vilhelm Hammershoi.