“Silence à deux.”

Youssef Nabil

A lo largo de los años nunca le había abandonado la sombra de las palabras que matan. Cuando las pronunció, conocía el valor punitivo de la palabra por haberlo padecido y haberlo infligido. No su alcance mortífero. O eso se repetía sin cesar.

Al principio pensaba poder borrar  el sentimiento de culpa que le atenazaba, limpiando cristales de sol a sol, porque tal era su oficio. Aquél día, el de las palabras que matan, rellenó una solicitud para lavar las fachadas de un rascacielos de cristal. Fue admitido. Deseaba estar solo. Dejar de escuchar, dejar de hablar. Solamente oír.

Oír retumbar en los tímpanos muertos, el silencio ingrávido del vacío, el ruido metálico de las poleas sujetando la góndola colgada en lo más alto, el vaivén del cepillo arriba, abajo, arriba, abajo.

Oír el chapoteo de la gamuza en el cubo de agua y el de sus manos hundidas en este remolino sucio.

Oír su rabia enrollada en los pliegues de la bayeta y escurrirla hasta acallar los gritos.

Oír el roce de sus ojos flotando sobre la superficie líquida, densa de grumos grises.

Oír aquello y dejar de sentir:

la mandíbula congelada de tanto esperar,

el balanceo monótono  de su vida  suspendida en una plataforma de metal,

la verticalidad inmutable de sus sueños,

y el asfalto, al bajar, siempre tan plano.  

A veces, la luz del atardecer hinchaba los cristales de un verde movedizo, sin contornos, impregnándolos de nostalgia, de belleza y de muerte.