Un vestido primaveral

Takashi Okada

Takashi Okada

Ayer, las campanas de  la iglesia de San Manuel y San Benito tocaban las doce cuando entré en el parque del Retiro donde se desarrolla la feria del libro.  No me gustan las ferias, aunque estén dedicadas a la lectura, afición pasional. Prefiero el olor a papel y tinta de las librerías, su silencio y recogimiento. Pero en esta ocasión,  Jesús Ferrero, profesor de la Escuela de Letras de Madrid, donde tuve el privilegio de recibir sus enseñanzas, firmaba sus dos últimas obras, “Las experiencias de deseo” (Premio Anagrama de Ensayo) y “El beso de la sirena negra” novela policiaca editada en Siruela (no cobro comisiones).  Hacía un calor espantoso en la estrecha calle encajonada entre hileras de casetas, calle  propia de un poblado del oeste, donde el director no había contratado al vaquero de Malboro  a pesar de estar el suelo plagado de colillas.  Sin embargo  los figurantes anónimos abundaban, multitud variopinta, entre los cuales me encontraba licuada en la masa. Después de unos cuantos empujones llegue a la caseta de Jesús. Entre firma y firma, a la sombra del tejadillo, recordamos  tiempos escolares. Me dedicó sus dos libros tan cariñoso como de costumbre. Al despedirme vislumbre una abertura oscura entre la blancura de las casetas. Me zambullí en la penumbra de una pradera sombreada por castaños. Al alejarme del bullicio me tumbé aturdida encima de la hierba fresca bajo un árbol de tronco macizo y follaje  frondoso. Cerré los ojos, cansada de luz. La savia de la primavera invadió las venas colándose por la trama de mi vestido  de algodón negro. Los nervios contraídos por la avalancha humana se abrieron en ramilletes de prímulas amarillas. Sombras ligeras de opalina jugueteaban entre las pestañas enverdecidas. Margaritas diminutas  entrelazaron sus tallos cubriéndome el cuerpo de un encaje de  celosía blanda.  Lirios brotaron, reventones, enredados en el pelo, alborotando mi olfato con su sensual fragancia. Crisantemos chinos redondearon el vientre cubriéndolo de una marea ondulante de pétalos tiernamente violetas y marchitos. Un pellizco en el corazón y la risa de un niño me despertaron del ensueño. Al levantarme los crisantemos cayeron en la hierba  desgarrando levemente el entramado vegetal del vestido, dándole por cierto, un toque muy actual. A mi lado, en el camino de regreso, un señor paseaba su perro. El perro se paró en seco, tensó ligeramente el trasero, dejando allí sus excrementos. Un municipal a caballo se acercó veloz instando al señor a recoger el objeto del delito, a lo cual el susodicho respondió, muy castizo -¿Recoge usted la mierda de su caballo? Bajo el efecto de la risa las diminutas margaritas se expendieron en un big bang floral tapando los desgarros del vestido de un encaje blanco y móvil.

4 pensamientos en “Un vestido primaveral

  1. No pude ir a Sant Jordi este año, supongo que por eso tengo una idea demasiado optimista de las ferias de libros momentaneamente. Pero odio las aglomeraciones y el aborregamiento, sean del tipo que sean. Si no fuera por las firmas…

    • ¡Estaba cansada de escribir relatos tan negros, aunque no puedo negar que disfruto nadando en aguas oscuras! Necesitaba un poco de luz.
      Gracias por seguirme leyendo.

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