La calle Velázquez huele a otoño

 

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La venerable madre Jerónima de la Fuente.

Paloma pasa revista. De sí misma. Se escrudiña en el espejo. Después de ponerse una mascarilla tensora, de haberse masajeado el cutis durante cinco minutos, reloj en mano, como reza el prospecto, y haberse pintado con precisión de miniaturista, Paloma se otorga un aprobado. Bajo. La media melena cuelga, demasiado lacia, enmarcando su rostro de mujer cincuentona. Cincuentona pero atractiva, piensa en voz alta, mientras inclina la cabeza hacia abajo removiendo el pelo con la punta de los dedos y, terminada la labor de despeinado, la levanta bruscamente, exactamente como las modelos de L´Oreal. Unos rizos esponjosos y rubios enmarcan el rostro, tapándolo en parte, iluminando las mejillas. Al subirse la nota, aprobado alto, Paloma alza la barbilla, disimulando de paso unos colgajos incipientes. Al salir del portal se tropieza con la secretaria del notario. Cuarto B.  Jennifer, ¡así se llama la criatura!, la saluda desde lo alto de su escultural metro ochenta. Apoyada contra el muro, fuma el pitillo prohibido, aspirando las  miradas de los hombres en ascuas, convertidas en el acto en  cenizas inestables. Paloma se queda convertida en un cero. Un cero que se aleja, aplastado y cejijunto, el ánimo por los suelos.

 Una mirada varonil, un poco transversal y altiva, pero complacida, fulmina Paloma, tensándola con efecto de descarga de cien mil voltios. Observa, incrédula, como la acera  se ha convertido en una riada de ojos centelleantes, convergentes en un punto. Ella. A cada paso su anatomía se moldea en retinas precisas. Un cuerpo, felino, (el adjetivo se impone), el suyo, treinta años más joven, se despoja de una funda distendida, inadecuada para su esplendido esqueleto. Al llegar a la calle Velázquez, Paloma, musa por excelencia, deletrea con fruición el nombre del pintor mientras se detiene en el semáforo en rojo. Los  conductores de los coches aminoran la velocidad. La contemplan. Es Venus, una Venus contemporánea, desinhibida y dispersa, amándose en un flujo de retrovisores anónimos.

 Nota a su lado una presencia profana. Un hombre alto, con el pelo corto, casi rapado, ha traspasado el umbral de su transitada intimidad. Paloma, experta en cuidados faciales, se fija en el cutis irregular, ¿viruela, quizás?, piensa con un atisbo de compasión. Unos codazos le obligan a apartar la vista. La acera se ha llenado de muchedumbre, apiñada alrededor de su vecino y interpelándolo con fervorosa excitación.  ¿Quién es? pregunta Paloma a una señora con caniche incorporado en el regazo, ¡Pues Jordi, quien va a ser, el presentador de la tele! le ladra el can enfurecido, recién salido de la peluquería.  

 Paloma, cruza la calle, convertida en la venerable madre Jerónima de la Fuente, amasijo de pliegues oscuros adheridos a  la sombra de Jordi. Se dirige hacía la estación de taxis, frente al hotel Wellington. Solo hay un coche esperando. Jordi llega primero. Al verla tras suyo, se retrae un paso, cediéndole el turno, con un gesto de la mano. Paloma al entrar en el vehículo, anonada por la deferencia, se queda muda, incapaz de articular la dirección. El taxista, un vejete con cara abotagada, comenta, mientras pone el contacto, este Jordi, hay que ver, con lo famoso que es, y mire usted, ¡es todo un caballero!…..¡claro que con una señora de su porte!…..

Paloma, eufórica, empieza una amena cháchara con el chofer, dispuesta a reparar de inmediato su incultura televisiva mientras se acicala el pelo en un gesto pensado sensual, bajo la atenta mirada del conductor, clavada en el retrovisor.                

4 pensamientos en “La calle Velázquez huele a otoño

  1. Me ha gustado lo que más lo bien que refleja la montaña rusa en que se convierte el ego de una mujer dependiendo de circunstancias. Lo que menos la parte final, Jordi incluido
    Saldudos

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