Juego de azar.

Les jumelles. Jean -Olivier Hucleux 

Al llegar a la zona de vestuarios, Beatriz mira el reloj. Las diez. Tiene retraso. Lo que le faltaba. La guinda en un día plagado de contratiempos. Saca del bolsillo del albornoz la llave de la taquilla. La introduce en la cerradura, la gira y se queda de piedra al ver un amasijo de ropa chillona sustituyendo su traje gris de ejecutiva. Mira alrededor suyo en busca de ayuda. No queda nadie en el gimnasio. Hace un rápido análisis de la situación. Por muy mal que le pese no tiene más remedio que vestirse con los trapos  de la maldita idiota que le ha dado el cambiazo. Coge con la punta de los dedos un sujetador negro de encaje mientras encesta el tanga en la papelera cercana. Engarza sus piernas en unas medias de rejilla, se enfunda en un mini vestido de punto rojo, descaradamente escotado. Termina la faena calzándose unas botas de mosquetero de altísimo tacón. Las agujas avanzan. Las diez y cuarto. Diego, su novio y dentro de poco, marido, no soporta  la impuntualidad. Ella tampoco. Un padre militar imprime carácter. Con gesto brusco agarra las asas del bolso que sobresalen de la taquilla. Hunde la mano en el compartimento delantero, donde siempre coloca su cepillo de pelo, sincronizando el movimiento de avanzadilla con otro de retirada. Este bolso no le pertenece por lo tanto su cepillo no puede estar aquí. Unas cerdas puntiagudas cosquillean la palma de su mano. Beatriz se queda de una pieza al ver sus iniciales gravadas encima del mango de marfil. Prosigue la búsqueda, atónita. Encuentra su cartera, la abre. No falta nada, las tarjetas, el dinero, todo está en su sitio. El carnet de identidad, sin embargo, está torcido. En la esquina levantada asoma su foto. Una cara irreconocible, blanqueada por un flash demasiado potente. Beatriz, sobresaltada, saca el carnet. De naturaleza pragmática, se aplica en leer en voz alta, sílaba tras sílaba, el nombre, los apellidos, la fecha de nacimiento. La veracidad de los datos apacigua la agitación mental, pero no el segundero del reloj. Bien adiestrada, se levanta de un salto, se coloca delante del espejo donde una extraña de cara prestada se desenreda la melena. Busca el pasador de pelo en el bolsillo del traje de chaqueta. Su mano, al no encontrar la trampa de tela, sigue un recorrido desconocido, palpa una cadera, un muslo alargado y firme. Beatriz se mira y se ve. El vestido le queda como un guante poniendo en evidencia unas curvas contundentes, curvas disimuladas a diario en trajes asexuados, uniforme  sugerido por la compañía de seguros donde trabaja. Turbada por la imagen desmelenada y antagonista del espejo, esboza una zancada enérgica, frenada en seco por la estrechez del vestido y la altura vertiginosa del calzado. Empieza la marcha con pasos de geisha.

Al salir a la calle, deja de lado las complicadas estrategias laborales que  normalmente surcan su cabeza para concentrarse en una cosa tan prosaica como andar sobre unas losetas irregulares, trampa mortal para unos tacones de punta afilada. Lo que no cambia en su cabeza es la indiferencia por los seres  humanos que la rodean. Indiferencia diariamente compartida por una masa clónica. Despojada de su vestimenta unisex, Beatriz no pasa desapercibida. De eso se da cuenta, cuando, a poco menos de una manzana de su casa, un tacón se queda enganchado en un intersticio minúsculo, con la consiguiente pérdida de equilibrio y caída de bruces contra el suelo. Oye un revuelo a su alrededor acompasado por solícitas voces masculinas. Varias manos se tienden ofreciéndole ayuda. Se agarra a unas, las más cercanas. Estas manos, elegidas al azar, la levantan con tal firmeza que Beatriz se encuentra de pronto entre los brazos  de un hombre que la mira con ojos envolventes. Al querer despegarse del cálido abrazo nota una ligerísima molestia en el tobillo derecho. Un quejido ronco, absolutamente incongruente, se escapa de su garganta. Ensaya una pronunciada cojera. Le sale bordada. El extraño se propone acompañarla. Acalorada, asiente, adelantándose al final de la frase. Nota como un brazo  la agarra bajo la axila, como la calidez del torso del desconocido, tan tremendamente cercano, se filtra, a cada paso, un poco más, por las mallas abiertas del vestido.

En el portal, Beatriz intenta recobrar un poco de compostura. Al alejarse de la voluptuosa envoltura, nota como el corazón le da un puñetazo en pleno esternón. Busca su llavero. Lo encuentra, al lado del cepillo, con las mismas iniciales grabadas en el centro de un corazón de metal. Introduce la llave en la cerradura. No encaja. Prueba una y otra vez. Sin éxito. Levanta los ojos hacía la cara del desconocido, se tropieza con una mirada brillante y salvaje, ligeramente burlona. Cuando siente unos dedos deslizarse por debajo del vestido mientras  otros se cuelan por el escote, sus manos aferradas, una a las llaves y la otra al bolso, se ablandan, liberándose de su carga, ávidas por descubrir una sensualidad que les es ajena.

La encantadora de serpientes.

La Encantadora de Serpientes-                Le douanier Rousseau

La encantadora de serpientes. Douanier Rousseau.

Cuando las puertas del museo se cierran tras el último visitante, Amira, las manos dormidas después de rasgar centenares de entradas, se desliza en la penumbra fragmentada. Unas luces, al ras del suelo zebrean la piel tersa y tostada de sus piernas  esbeltas. La encantadora de serpientes la acecha, enjaulada en el lienzo.

De la boca de Amira se escapa un aliento de brasa. Vuelta  fauno de curvas femeninas, toca la flauta. El alma de Amira, concentrada y salvaje,  se escapa por las hendiduras del  tubo de madera. Acalla un silencio plagado de gritos. Gritos de una niña vieja, ahogados en el limo seco de los ojos. Una luna de metal profana un cielo vacio. Dos mujeres le sujetan los brazos, una vecina tira de su pierna derecha, otra de la izquierda. La madre de Amira, le acaricia el pelo. Le susurra al oído, tranquila Amira, no te muevas, tranquila. Pero Amira, con sus nueve años, ha leído a escondidas todos los libros de la maestra. Sabe lo que la espera. Intenta escurrirse. Las manos femeninas, tintineantes de abalorios, se vuelven garrotes. La curandera del pueblo entra en la choza, se agacha. Su sombra cubre la niña desnuda, sacudida de sobresaltos. Saca un cuchillo pequeño del bolsillo de su túnica. Lo acerca al sexo infantil. Empieza el despiece. Amira  chilla en oleadas punzantes. Sus gritos no se oyen, ahogados por las manos de su madre, tapando el agujero de su boca. Amira no recuerda más. Después del segundo corte, perdió el conocimiento.

Amira, divisa en la selva de sus recuerdos, una X dibujada sobre la arena de la choza. La uve de sus brazos unida con la uve ensangrentada de sus piernas. Recuerda su sexo de niña cosido con puntadas primorosas. Recuerda esta costura doliente, observada,  siete años más tarde por los ojos desorbitados de su  futuro marido hundido entre sus piernas bajo las miradas complacidas de las mujeres del pueblo. Recuerda, porque esta vez no perdió el conocimiento, el dolor de cada punto cortado por una tijera herrumbrosa. Recuerda su explosión de ira al mirar su sexo mutilado, estrecho agujero supurando pus en medio de la desolación de una planicie saqueada. Se muere al recordar la noche de bodas. Revive cuando siente sus piernas llevar en volandas su sexo agonizante lejos del infierno.

Al salir del museo Amira anda por la calle, con paso de gacela. No le hace falta ninguna flauta. Los hombres se yerguen alrededor de su cuerpo. No rehúye las miradas lascivas. Se nutre de ellas. Con la ayuda de su cerebro enfebrecido, las doma, las enreda debajo de la curvatura de sus pestañas y con manos tintineantes las guía  hasta  el centro profundo y latiente de su deseo, reivindicado y obtenido.

J&J, Sociedad Limitada.

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Thierry Carrier

Ocho de la tarde de  hoy, jueves 12/11/09.

Jane, al acariciar los pétalos perfumados de los liliums blancos, se acuerda del tacto  inodoro del vestido de gasa  floreada.

Rebobina sus recuerdos.

Dos días antes, martes 10 de noviembre, alrededor de las cinco de la tarde.

Juan entra en la biblioteca, blandiendo un paquete de regalo como si fuera un trofeo. El gesto le viene de dentro. Las estanterías se curvan bajo el peso de los trofeos deportivos tapando los  lomos de los libros. Jane desata el lazo, abre la caja y saca un mini vestido de seda abigarrada, tan incongruente, que se le escapa una risa estrangulada. Juan, cónyuge, padre de sus hijos, socio y amante expeditivo, la mira con rabia, herido en su orgullo. Ella observa con pena al reluciente sexagenario. Un rayo de sol se cuela por la ventana y la melena plateada de su marido flambea. Un cortocircuito cerebral zigzaguea alumbrando una urna donde reposa la juventud incorrupta de Juan. Con sus manos de mujer madura palpa la textura del vestido, dulce anzuelo, quizás el último de una larga cadena. Esto  piensa Jane, de nuevo sola en la habitación. No sabe porque lo piensa, pero lo piensa con tanta fuerza que la trama de seda  se clava en sus muslos como malla de acero

Regreso a hoy, jueves 12/11/09, pero no a las ocho de la tarde, sino media hora antes, en la misma casa, pero no en el mismo lugar.

Jane, peinada, maquillada para el coctel, enfila el vestido frente al espejo. Apenas le cubre medio muslo. Esta ridícula. Empuña la tela  y con todas sus fuerzas  la estira, esperando alargarla, aunque sea dos o tres centímetros. De dignidad.  Pero la dignidad, solicitada con tanta ansia y tan a destiempo, se rasga en dos colgajos. Delante de la imagen desgarrada Jane se queda un momento desamparada. Pero solo un momento, porque, al siguiente, ya está  bajando la cremallera con gesto aliviado. En un par de movimientos de hombros y caderas, el despojo yace en el suelo. Jane, sin dudarlo, escoge en el vestidor, una camisa de popelina blanca, recuerdo de su padre, y una falda de falla negra, reliquia de su madre. Subida encima de una silla encuentra, en el fondo del altillo, la caja deseada. Saca, con gesto de taxidermista una combinación de seda de su abuela. El rosa es tan desvaído que se funde con su piel. Se pone el liguero a juego, enrolla las medias de seda y las sube muy despacio, con uñas retráctiles, hasta engancharlas en las presillas. El contacto de la camisa la refresca, la falda cruje un poco al andar. En el joyero encuentra unos largos pendientes de azabache, le cosquillean el cuello. Se pulveriza un poco de perfume, con reminiscencias de talco y rosas de jardín, detrás de las orejas, en el hueco de las muñecas y en el nacimiento de los senos, por si acaso. Y Jane se ríe mientras se calza unos vertiginosos zapatos de tacón, pensando en lo del acaso, tan desfasado.

Son de nuevo las ocho de la tarde. De hoy, por supuesto.

Jane acaricia los liliums blancos. Su corazón  se expande, sobrecogido por la belleza de los salones suavemente iluminados por centenares de velas envueltas en bolsitas de papel blanco. Juan, su marido, padre de sus hijos, amante circunstancial y socio, la felicita por la decoración exquisita y por su atuendo, tan fair play como de costumbre. Los invitados empiezan a llegar. Jane conoce a todos los hombres, relaciones de negocios de su marido de toda la vida, y a ninguna de sus parejas, jovencitas de la edad de sus hijas. Una mujer entra, sola. Jane se queda sorprendida, se parece como una gota de agua a ella…treinta años más joven. Su marido le quita el abrigo con mimo. La desconocida surge, deslumbrante, cual Venus contemporánea….vestida con la réplica de un mini vestido que yace, lacerado, en su vestidor.- Jane te presento a mi nueva secretaria-. Delante de la enormidad del cliché, una barrera estalla en la cabeza de Jane. Su mente tan refractaria a las matemáticas, resuelve en un momento la complicada ecuación, maridopadredemihijosamantesocio, haciendo una resta al por mayor.

Socio a secas, exhala Jane para sus adentros, mientras un socio de su marido y, de ella también, ¡caray!, único single de la velada, viejo amigo, culto y divertido, se acerca a ella con una copa de champagne en la mano y la mira con ojos llenos de complicidad y una chispa….que si no le engaña la memoria, bien se podría amoldar a una palabra con resonancias tan antiguas como añoradas.

Deseo.

 

En Berlín, antes del muro, hubo alambradas.

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Larvas

Ilse se dirige hasta la plaza de Brandeburgo. Le cuesta andar por vieja y por el muro que lleva a cuestas. Las placas de hormigón derribadas hace dos décadas las lleva apiladas en la chepa y nadie se da cuenta. Al llegar a la plaza, Ilse no ve las luces, no siente la multitud que la empuja, ni oye la música emitida por los altavoces. Solo oye la sangre en las sienes bombeada por un dolor desnudo y seco. Sus ojos se enganchan en  alambradas visionadas en la sala oscura  de su cráneo. Película en Súper 8, proyectada por sus retinas y gastada de tanto rebobinarla.

Dos pesadas trenzas rubias salen de su gorro de lana de angorina blanca, el preferido de Frantz. Mira su reloj de pulsera. Son las doce de la mañana, en punto, la hora convenida. Escondida en un portal frente al Charlie Point de la Friedrichstrasse, Ilse espera dentro del abrigo de zorro apolillado, resto olfático y apelmazado de su madre. Los minutos pasan, la penumbra se cuela por los agujeros. Ilse se sube el cuello de piel. Su oreja se llena de un polvo gris muy fino. Baja al tímpano, aletea. Detrás de la alambrada erizada de pinchos que separa su calle de la calle de Frantz, unos soldados, las caras sombreadas bajo las gorras, montan guardia al otro lado. Pisotean la primera nieve, caída por la noche. Orinan encima, orlando de amarillo sus pisadas negras de asfalto. Antes de ver el camión, Ilse oye la trepidación del motor. El aleteo se amplifica taponando el conducto auditivo. El conductor enseña el salvoconducto. Unos soldados rodean el camión. Son tantos que desaparece. Se agachan. Las polillas aletean a miles en el cráneo de Ilse, chapa metálica del camión reaparecido, agujereado entre gritos por decenas de fusiles escupiendo fuego. El camión ruge a plena potencia, arranca la valla, descontrolado. Se empotra contra una pared en ruinas. Cuando Isle llega al camión, los soldados americanos ya han tendido encima de la nieve , teñida de rosa, al conductor y a Frantz. Ilse se agacha, acuna entre sus brazos los últimos sobresaltos  del cuerpo amado, acaricia la mejilla quemada por el tubo de escape, besa la boca donde gorgotea la sangre.

 Dos adolescentes con caras perforadas de piercings la ayudan a incorporarse gentilmente, se proponen acompañarla como lo hicieron unos soldados americanos, un nueve de noviembre, hace cuarenta y nueve años. A Ilse le tiembla tanto la barbilla que no puede articular palabra. Dice que no con la cabeza donde larvas translucidas reptan en silencio.

Diario de Eduard.

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Henri  Toulouse -Lautrec

 Jueves 5 de Noviembre del 2009

Hoy ha ocurrido algo absolutamente inesperado. He asesinado a mi vecina de rellano. Se llamaba Carmen. Suena tremendo. Sin embargo fue un hecho de lo más…infantil. Infantil, eso es, absolutamente infantil. Una zancadilla de patio de colegio.  

Esta mañana, al salir de casa, como siempre disparado, para ir al trabajo, me tropecé con Carmen. Hecho absolutamente inusual, ya que madrugo para llegar a las ocho en punto al Banco, y ella no se levanta nunca antes de las doce. Pero, según me contó nada más verme, al  ir al baño a oscuras, se había torcido el tobillo. Iba a urgencias. Un taxi la esperaba delante del portal. Puse cara de circunstancias mientras farfullaba las palabras de rigor y pulsaba el botón del ascensor.

En este preciso momento se fue la luz. Antes de poder esbozar un movimiento de escapada hacía la escalera, la mano de Carmen me agarró por el brazo, con dureza de garfio, instándome a no dejarla en la estacada. Empezamos a bajar, en una oscuridad matizada por la luz grisácea de las ventanas, yo agarrado a la barandilla y ella, con todo su peso, a mi brazo.

Una de las  cosas que no soportaba de Carmen era su corpulencia; el contacto sudoroso de su mano amorcillada cuajada de anillos traspasando la tela de mi chaqueta, el olor a rancio aprisionado en los pliegues de su cuerpo, el movimiento gelatinoso de su carne, enfajada en trajes de costuras estalladas.

La bajada del primer tramo de escaleras fue una odisea puntuada de bufidos quejumbrosos. Ahora el que estaba sudando a chorros era yo. Llegaría tarde al trabajo cuando soplaban vientos de despedida en masa. Carmen se pegaba a mí como una lapa blanda.  Me iba disolviendo, peldaño a peldaño, en esta  blandura aparentemente inofensiva. Pero, si, insidiosa. Como Carmen. Tan afable, tan sola y tan invasiva. Había hecho su primera aparición en mi vida en el intersticio de mi puerta, pidiendo sal. Después se sucedieron las llamadas de teléfono, hasta hacerse diarias, interesándose calurosamente por mi persona, calificada desde el primer momento por el ojo avizor de mi vecina, de misántropa. Este juicio, acertado, me lo confesó Carmen durante uno de los interminables soliloquios dominicales, mantenidos en su casa, donde me invitaba a pasar la tarde, atraído por el anzuelo de un whisky de reserva, servido a granel. El alcohol me ayudaba a soportar el peso del pasado de Carmen, vedette de cabaret retirada  desde hacía lustros, compactado en álbumes de fotos y recortes de periódico, columna de papel aposentada sobre  mis muslos adormecidos.

Un domingo, después de ingerir numerosas copas, sentí como Carmen me tumbaba encima del sofá, y como el pasado de Carmen se convertía en un presente brumoso y sin embargo promiscuo, aplastante y asquerosamente envolvente. Ese recuerdo se hinchó en mí como un globo de feria. Al estallar me provocó arcadas con sabor a bilis. El contacto del brazo de Carmen se volvió candente. Me deshice del lazo corredizo con una sacudida brusca mientras mi pie, tenso como un resorte, cortaba en seco el movimiento de bajada esbozado por sus piernas. El cuerpo fofo se desequilibró al instante y empezó a caer con un ruido mate, discontinuo, de foca de zoológico bajando escalones bajo la atenta mirada del domador.

Ahora, repanchingado encima del sofá,  después del día pasado en la comisaría,  mintiendo como un bellaco, de forma absolutamente convincente (hasta me mandaron un psicólogo para superar el duro trauma de encontrar a mi entrañable vecina desnucada en el rellano) estoy acariciando la idea, un poco precipitada, quizás, de cambiar de profesión. Siento que tengo madera de actor ¿Y por qué  no?…de cabaret.