La trampa. (2)

El grito. Munch.

Los párpados  pesaban  plomo. Jorge recordó confusamente que la última vez que cerró los ojos, cayó en un hoyo tan vacío, inodoro y silencioso que pensó que estaba muerto. Sin embargo, notaba como el corazón bombeaba  sangre a trompicones volviendo a llenar sus arterías resecas.

Al intentar mover las piernas, sin éxito por encontrarse encajonadas, un latigazo de dolor le sacudió el tobillo perforándole el cerebro. La cara le escocía de forma insoportable. Levantó con torpeza el brazo derecho, cruzado sobre el otro encima del pecho. Oyó el rasponazo de la tela del chaquetón encima de una pared irregular. Consiguió acercar la mano a la cara pero no consiguió rascarse, los dedos rígidos se quedaron en suspenso, aflorando la piel,  para desplomarse, amorfos, sobre la garganta. Concentró toda su energía en abrir los ojos. Su mirada se volvió bizca al tropezar contra un tejadillo abovedado, de una oscuridad sucia, situado  a medio palmo de la cabeza, quebrado a intervalos regulares por delgadas líneas de luz macilenta. Del tejadillo colgaban unos filamentos oscuros. Uno de ellos le cosquilleaba  la nariz. Estornudó. El filamento cayó encima de sus labios  entreabiertos. Lo apresó con la lengua. La tenía hinchada. Su paladar tardó en reconocer el sabor a madera. Al estar lleno de aristas, lo identificó  como una astilla.

 Al escupirla, el brazo, que todavía descansaba encima de su pecho, se le antojó una losa comprimiendo la respiración vuelta sibilante. El costado izquierdo no estaba tan pegado a la pared como el derecho. Logró amoldar el brazo en el hueco. La manga del chaquetón debía de estar rasgada, irregularidades del suelo arañaban trozos de piel.  Un clic muy fuerte, a la altura de la mano,  retumbó en el zulo.  Levantó el brazo y al ver un cepo para ratones colgando de la yema de su dedo índice, empezó a temblar. Escorzó la cabeza hacia atrás. Le crujieron las cervicales, exactamente igual que al apoyarlas sobre el reposacabezas del sofá, cuyas patas vislumbraba  entre los intersticios de la rejas donde se escurrían los ojos entornados.

Al conocer las dimensiones de la leñera, por haberla llenado  de troncos, la falta de aire se hizo más acuciante. Hizo reptar el brazo izquierdo hacia su cabeza, el cepo le rozó la oreja. Sintió la frialdad del muelle enroscarse levemente en  el lóbulo para soltarse de inmediato. Con el brazo, colocado en ángulo recto por encima de la calva, empezó a sacudir la reja. Bien atornillada,  metió ruido de feralla pero no se movió. El aleteo de la respiración, cada vez más corta e irregular, zumbaba en los oídos alejando el bombeo sordo del corazón alocado.

La estufa debía de estar funcionando, la pared derecha desprendía fuego. El sudor resbalaba sobre la piel, empapaba la camisa, los pantalones, caía en cascada sobre los ojos cerrados. Jorge intentó concentrarse en el vendaval que sacudía las vigas del tejado, en el viento colándose en las ramas, se obligó a proyectarse fuera, a llenar sus pulmones del aire helado de la montaña. 

La cabeza empezó a dar vueltas a toda velocidad produciendo ahorcadas. Por la nariz solo entraba un hilito de aire. Jorge abrió la boca muy redonda, como un pez en una pecera sin agua, y entonces, solamente entonces, se acordó de un agujero maloliente desde donde veía manar, complacido, las millones de palabras encerradas en sus libros, aclamadas por vehementes gestos de cabeza.

 La imagen en blanco y negro del guardabosques agazapado en la sombra le agarró por el pescuezo. Del cuerpo de Jorge, sacudido por espasmos, empezó a salir un grito de terror al que solo podía poner fin la falta total de oxígeno.

 PS: este texto hace parte de una serie de relatos que giran alrededor del concepto del viento, del aire. Como soy un tanto contreras me he decantado por la idea de falta de aire, que además, ¡me venía de perlas para contar esta historia! Los promotores de la iniciativa son micromios y David Silva. Encontrareis los enlaces  a sus blogs en mi blogroll.

Adjunto la lista de los participantes:

http://chrieseli.wordpress.com/2010/02/04/entre-las-nubes/
http://emieatworld.wordpress.com/2010/02/05/la-edad-y-la-agricultura/
http://noentiendonada.wordpress.com/2010/02/05/dorotea-y-el-tornado/#comment-359
http://conchahuerta.wordpress.com/2010/02/09/solo-el-viento/
http://cstax.wordpress.com/2010/02/07/idiotas/
http://silvacamache.wordpress.com/2010/02/03/un-regalo-del-viento/
http://micromios.wordpress.com/2010/02/03/el-viento-y-la-furia/

La trampa.

 

Junto a la ventana. Edward Munch.

El jeep volvió a derrapar sobre al camino helado acercándose peligrosamente al barranco que lo bordeaba. La carretera con restos de asfalto había quedado atrás, al final de la aldea, una decena de casas abandonadas, donde se empeñaba en vivir el antiguo guardabosques, un viejo sordomudo con quién Jorge  mantenía largas conversaciones. El viejo miraba fijamente sus labios, a veces meneaba la cabeza de arriba abajo, otras  emitía sonidos  soterrados y la voz  fluía, sin interferencias, en la mirada ribeteada de rojo  hasta desbordar por el agujero maloliente de la boca desdentada.

Al frenar delante del refugio de montaña, el coche patinó de nuevo. El suelo estaba muy resbaladizo. Jorge tardó en descargar las bolsas de víveres. Andaba a pasitos cortos, temiendo caerse. No tuvo que girar la llave en la cerradura, la habré dejado abierta la última vez, se dijo encogiendo los hombros. Cincuenta años no son tantos para que me falle así la memoria, reflexionó mientras pulsaba el botón del generador. Arrancó al instante con ruido de motor al ralentí. Después de abrir las dos ventanas que flanqueaban la puerta, Jorge se acercó a la estufa. Al coger unos rastrojos y unos leños  que almacenaba en un hueco de la pared, notó como una masa velluda  rozaba su mano derecha erizando la piel de inmediato. Malditos roedores, masculló, el gesto torcido por el asco mientras disponía la madera en el hogar. Tardó en arder.

 Después de colocar un cepo en la leñera, Jorge  abrió una lata de cerveza, se tumbó encima del sofá situado frente a la chimenea y al hacerlo oyó el crujido de las cervicales al apoyarlas sobre el reposabrazos. Colocado de espaldas a la entrada su mirada atravesó  sin verlos los enseres destartalados y polvorientos que llenaban el espacio. El escritorio colocado tras suyo absorbía su mente tanto como la mochila  tirada encima y su maldito contenido. El borrador aburrido de una novela negra fallida en su base, las imprecaciones despreciativas del editor, almacenadas en el móvil, acalladas por falta de cobertura. Detrás de los gritos susurraban otras voces, inaudibles en la lejanía.

Al enfocar los ojos sobre los dedos  agarrotados alrededor de la lata, Jorge notó que los tenía amoratados. Consultó el reloj. Las cinco de la tarde. Le daba tiempo dar un paseo antes del anochecer, le vendría bien estirar el esqueleto, hacer ejercicio, despejar la cabeza. Del coche cogió  las zapatillas de trecking que tenía siempre a mano. Le dió pereza volver a casa para buscar la cazadora de alta montaña. Con el calzado adecuado podría andar a paso de marcha. No pasaría frío. Salió con el chaquetón de paño que llevaba puesto.

No había nevado desde hacía tiempo. Bajo la fina capa de hielo  se transparentaba una  tierra negra y dura. Al adentrarse en el bosque de robles y abedules, la luz gélida del atardecer se colaba, movediza, entre ramas agitadas por punzadas de viento. Jorge levantó los ojos.   Fascinado por la enrevesada arquitectura  vegetal siguió andando con la cara alzada. Un clic, un dolor punzante en el tobillo, una caída brusca, un golpe en la cabeza.   

 Los párpados pesaban como plomo. Después de varios intentos para salir del letargo Jorge consiguió entrever la bóveda negra de una cripta alumbrada por el foco brillante de la luna. La escena clave y no resuelta de su novela. Incorporarse le supuso un esfuerzo enorme. La frialdad de los peldaños le llenaba la espalda de coletazos. Dobló el torso rígido. Al bajar la mano, tropezó contra una lazada de metal incrustada en el tobillo hinchado. En el extremo, colgaba un pie. Intentó zafarse de la trampa, soltar el gancho. Los dedos no respondían. Los acercó torpemente a la boca. Hundió  los dientes  en una masa acartonada donde dejaron una dentellada circular manchada de sangre. No sentía ningún dolor. Un ente extraño se estaba adueñando de su cuerpo.  Extenuado, Jorge se desplomó contra el suelo quebradizo. Antes de cerrar los ojos, la boca abierta en busca de oxigeno, percibió un crujido cercano. Ladeó la cabeza. La figura agazapada del guardabosques le estaba acechando entre  matorrales.

Pequeñas infamias, o la vida íntima de una ciudadana llamada X (2)… dando por supuesto que X es intercambiable y de sexo variable.

Memoria abstracta IX. José Manuel Ciria.

X observa de refilón como la viejecita del sombrero, en vez de acceder al supermercado por las puertas deslizantes de la entrada, se tropieza contra las de salida, como todos los días, a la misma hora, sobre las doce del mediodía. X lleva dos horas escaneando productos, dos horas oyendo el biiip de la caja registradora.

Se le escapa un suspiro más hondo que los demás. El uniforme le aprieta, demasiados donuts, recapacita salivando mientras se le clavan los botones en la lorza compacta de la barriga. Tiene ganas de rascarse pero ante la imposibilidad de hacerlo, al tener las manos ocupadas por una caja de cereales y una botella de amoniaco, X opta por meter tripa. Absorta en esta delicada misión no se da cuenta que a la botella de amoniaco le falta la arandela de seguridad.  Las uñas roídas de X, al tocar la superficie del envase, resbaladiza y corrosiva, empiezan a arder. X, de forma sincronizada, suelta la botella y pega un bote  mientras sacude la mano escocida y ahoga un alarido con la otra. En un movimiento reflejo alza los ojos hacia un cielo inexistente y su mirada  se tropieza con la cara de la compradora de amoniaco hurgando en su espacio vital y llenándolo de los miasmas de sus estornudos. Una mujer de su misma edad, treinta años recién cumpliditos, lo sabe por haber mirado numerosas veces su carnet de identidad. Lo malo es que la clienta tiene pinta de adolescente y ella de ser su madre.

La clienta, al ver las uñas en carne viva, esboza una mueca de asco y empieza a chillar: que si  tiene prisa, que si la clase de Pilates empieza a la una,y ¡que hace X, allí sentada como un pasmarote!, ¡que necesita una botella de amoniaco en condiciones, presto, prestissimo! X, al no poder dejar la caja, llama a una compañera para hacer el recado. La compañera tarda. Demasiado para la clienta, ya totalmente histérica, que empieza a despotricar ante el aspecto repugnante de las uñas de X. Repugnante y antihigiénico; eso es, antihigiénico, vocifera al encargado que atraído por la escandalera se ha acercado. Cuando llega la botella de amoniaco, X la coge con  las manos forradas de guantes de látex y con la prohibición absoluta de quitárselos en horario laboral.

A X, la verdad es que la bronca la trae sin cuidado, está acostumbrada a ellas, aquí y en casa, pero lo que no la trae sin cuidado son la tripa, de repente hinchada como un globo, los malditos botones cada vez más incrustados en la piel y las carnes despellejadas latiendo de dolor bajo el látex.

Ahora le toca el turno a la viejecita del sombrero, un sombrero ridículo de alto copete. Saluda a X amablemente, acerca un poco la cara a la suya  y le murmura  que lo siente, que lo ha oído todo, ¡que no hay derecho X, con lo buena que tú eres!, desde el tiempo que te conozco y el cariño que te tengo, ¡ay, pobrecita mía! X ayuda la viejecita a sacar sus compras, bizcochos, cruasanes, cuatro cosas compradas en la sección de ofertas. A  la viejecita  le baila la dentadura postiza y  solo puede comer bollería untada en leche. Siempre paga en efectivo. Le tiende a X su monedero y le dice como todos los días, cóbrate hija, cóbrate. La vieja, está medio cegata, tiene unas gafas con unos cristales tan espesos que no se le ven los ojos.  Además al pasar por la caja siempre se le empañan las lentes. ¿Porque será?, se pregunta X mientras abre con precaución el monedero de piel rasposo de desgaste. La compra suma ocho euros con cincuenta. X coge un billete de diez. No devuelve un euro con cincuenta sino cuarenta céntimos. El resto, el dinero justo para comprarse dos donuts de chocolate, lo desliza en el bolsillo del uniforme. La primera vez que lo hizo, a X  le temblaba un poco el pulso pero ahora lo único que le tiembla es la mandíbula ansiosa por hincar el diente en los bollos redondos.

La viejecita al llegar a su casa se quita el sombrero con presteza y, con sonrisa de prestigitador avezado,  saca de su copa, seis jugosos donuts de chocolate, pasados, como siempre, delante de las narices de la pobre tonta de la caja numero 2.

El tiempo de un habano.

Desnudo en rojo. Modigliani

Tras el amplio ventanal del cuarto de estar, sumido en la oscuridad, acecha el caos de la ciudad. Unos rascacielos  negros se perfilan contra un cielo gris alumbrado por el brillo acerado y redondo de la luna.

Delante de la chimenea, una mujer,  tumbada encima de una otomana de terciopelo granate, contempla el fuego. Apoya su cabeza ladeada sobre la palma de la mano derecha abierta en abanico. El codo se hunde en un cojín azul donde se desdibujan arabescos gastados. Las llamas  alumbran su cuerpo desnudo borrando contornos inciertos.

Sentado encima de un sillón cercano, un hombre, con el abrigo todavía puesto, termina de fumar un habano. Cuando aspira el humo, la brasa, al rojo vivo, descubre una mirada centelleante de rescoldos.

Ella siente los filamentos de la mirada del hombre acariciar su espalda, y su espalda, bajo esta mirada tan densa,  empieza a vibrar de forma primitiva. Las llamas crepitan, llenando su cuerpo de murmullos. Se  gira hacía él, lánguidamente, porque sabe que tal es su deseo, reposa la cabeza sobre el cojín, una mano bajo la nuca, mientras  la otra, guiada por la ansiosa mirada, acaricia la suavidad de sus pechos, los retiene en su palma, los moldea y los yergue.  La oscuridad  se comprime apelmazada de humo. La  mano sigue bajando revelando una carne frágil despojada de límites.  Una quemadura percute la piel, una mano masculina se une a la suya, la aparta y prosigue en solitario la experiencia secreta. La mano salvaje y dulce la crea,  explorando la jungla íntima y exuberante de su vientre. Las formas reconocibles  se hunden. El latido del mundo se contrae, loco de silencio, al borde de unos labios temblorosos y húmedos.

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Dieu est un fumeur de havanes. Serge Gainsbourg et Catherine Deneuve.

La escalera.

 

Maurice Pittet

¡Maldita sea!, masculló Silvia, al comprobar que por mucho que apretara el interruptor, los halógenos de vestíbulo no se encendían. Se dirigió hacia el ascensor guiada por la luz incierta de una farola situada a escasa distancia de la puerta acristalada del portal. Al pulsar el botón, no se deslizaron las puertas de acero brillante. Presa de rabia, Silvia estampó las llaves contra el suelo de losetas. El ruido metálico rebotó en los recovecos del inmueble deshabitado convirtiéndose en un martilleo de ecos agudos. Era la primera vez que se iba la corriente desde que Antonio y ella se habían ido a vivir al ático, en el mes de septiembre. Y también la primera vez que Antonio no dormía en casa por hallarse de viaje. Silvia queriendo apaciguar el sentimiento de ausencia, sacó el móvil del bolsillo y marcó el nombre de su compañero. Una voz cálida le contesto al momento y al siguiente enmudecía, a falta de batería. Silvia maldijo su mente olvidadiza con voz chillona. Las paredes le devolvieron un alarido. Trastornada, convirtió sus imprecaciones en un soliloquio murmurado : mira Antonio, ya te dije que no querría trasladarme aquí, que me daba igual que fuera una ganga, que vivir en un edificio vacío, en medio de unas obras sin acabar, ¡maldito pocero!, no es vida. ¡Silvia, que el piso es una maravilla, 150 metros rodeados de terrazas! Sí, con vistas a una escombrera. Mujer ya verás, en cuanto pase la crisis, volverán a construir, tendremos vecinos. ¡Puede, pero de momento solamente tenemos al portero!… Silvia, pero si es muy amable y servicial. Antonio, servicial no es la palabra, la palabra es… es, escurridizo, empalagoso hasta la nausea. Y cuando abre la boca, apesta. Dices halitosis y yo digo rata. Sí señor, rata, y además podrida. ¿Sabes qué Antonio?, voy a coger las llaves, voy a respirar hondo, voy a iniciar la escalada, voy a llegar a casa en un tiempo record y mañana hablaremos. Envalentonada Silvia subió el primer tramo de escaleras a paso de carga guiada por las luces verdes de emergencia. En el rellano se paró para recobrar aliento. Silvia, al vivir en el quinto y último piso, había cogido siempre el ascensor, por lo tanto se encontraba en territorio desconocido. El espacio estaba bañado por una luz azulada proveniente de una ventana situada frente a la escalera y al hueco del ascensor. En cada lateral, dos puertas de contrachapado. Silvia, al pensar en los espacios vacios que la rodeaban se subió el cuello del abrigo. Al oír unos arañazos detrás de una de las puertas, Silvia se quedo paralizada, deslumbrada por un flash portentoso: allí vivía el portero. Nunca había mencionado tener un perro y Silvia jamás lo había visto, ni oído un ladrido…de repente rememoró el olor aborrecido. Silvia empujada por sus músculos tiesos como fustes, empezó a subir el segundo tramo, convirtiendo la línea quebrada de los peldaños en una línea continua subida al galope. Al llegar al cuarto piso sus pies tropezaron contra el último escalón. Su cuerpo exhausto chocó sobre el suelo helado. El corazón, comprimido entre el diafragma tenso y las costillas encogidas bombeaba duramente en las sienes. Silvia husmeó el ambiente. Olía a escayola húmeda y a frío. Ni rastro de podredumbre. Al ponerse de pie, agarrándose al poyete de la ventana, notó dolor en el tobillo izquierdo. Afuera unas hileras de farolas alumbraban calles bordeadas de solares cubiertos de basura donde grúas se perfilaban sobre un cielo sucio cargado de lluvia. Las gotas, al caer sobre los andamios que todavía rodeaban la casa, metían ruido de metralla. Silvia, aferrada a la barandilla, emprendió el último tramo. El pie se le hinchaba por momentos. El desamparo y el miedo habían limado sus fuerzas. Resoplaba como un batracio a falta de oxigeno. Al llegar a su rellano, donde solamente había una puerta, la suya, ninguna ventana, pero sí un espejo, volvió a chillar al adivinar una figura agazapada en la oscuridad verdosa. Tardó unos largos segundos en darse cuenta que la amenaza encorvada y deforme era su propio reflejo. Después de varios intentos consiguió meter la llave en la cerradura. En la penumbra del piso Silvia empleo sus últimas energías en bloquear la puerta con el cerrojo. A pesar del ruido emitido por la lluvia al golpear el tejado, Silvia empezó a recobrar cierta serenidad y de no ser porque unas garras pringosas se clavaron en su cintura mientras un aliento fétido corroía su cuello, Silvia se hubiera dejado caer en posición fetal sobre la mullida alfombra blanca.